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Los Templarios, ¿culpables o inocentes? Una conspiración histórica

No a nosotros, Señor, sino a tu nombre dale la Gloria.

No a nosotros, Señor, sino a tu nombre dale la Gloria.

Este tema, como curiosidad, lo vamos a bordar desde el punto de vista de lo que dice la historia Oficial de la Iglesia Católica. El texto es quizás un poco antiguo, pero vale la pena. Os dejo con él:

Propongámonos, para terminar, la cuestión de la culpabilidad o inocencia de los Templarios. Trátase de la Orden en cuanto tal, no de los individuos en particular, entre los cuales, sin duda, había algunos, como en cualquier otra Orden, indig­nos de su vocación.

Lo que se pregunta es : Aquellos crímenes que se imputaban a toda la Orden—el renegar de Cristo, el escupir a la cruz, la incitación a la sodomía, los ósculos obscenos, la adoración del ídolo Bafomet, la cele­bración de la misa sin intención de consagrar—, ¿respondían a la reali­dad o no, eran prescripciones oficiales o invenciones fantásticas de sus enemigos ?

Fuera de Francia, es claro y evidente: no se dieron tales delitos. Pero ¿qué decir de los Templarios franceses? Inducidos por las con­fesiones de muchos de los acusados y por la intensa campaña que se promovió de parte de las autoridades, los cronistas franceses de la época y todos los historiadores posteriores que de ellos dependían dieron crédito a todas las acusaciones oficiales y no dudaron de la cul­pabilidad monstruosa de los reos. Y la mayoría de los escritores mo­dermos, hasta fines del siglo xix, siguieron en la misma persuasión, unos firmando la culpabilidad como cierta y demostrada, otros al menos como muy probable.

Empeñados algunos en dar una explicación his­tórica de hecho tan extraño, sospecharon que los Templarios, por su contacto con el Oriente, se habían contagiado—¿quién sabe cómo?— de la herejía gnóstica de los ofitas; otros sostuvieron que en aquella Orden reinaba la doctrina secreta de los albigenses y luciferianos. Y es notable que el mismo Michelet, que publicó los procesos de París con todas las iniquidades y violencias que allí perpetraron los jueces y verdugos, no abriese los ojos para ver o por lo menos barruntar la inocencia de los reos.

Una nueva época se abre con los escritos de Boutaric, Langlois, Lizerand y, sobre todo, Enrique Finke, cuya obra fundamental sobre la materia data de 1907. Hoy día ningún historiador serio se atreve a  dar como probables aquellas absurdas patrañas inventadas en la corte de Felipe el Hermoso, aunque vengan corroboradas con el testimonio de unos infelices caballeros, valerosos en el campo de batalla, pero miserablemente cobardes y acoquinados ante un legista o un inqui­sidor.

»Hagamos nosotros algunas reflexiones.

a) Los Templarios eran acusados de herejía habitual, de idola­tría y de continuas perversiones en actos oficiales de la Orden. Pues bien: ¿no es realmente muy extraño que, habiéndose apoderado los ministros del rey subitamente y por sorpresa de todos los archivos »posesiones, en ninguna parte encontrasen un documento herético o Comprometedor, una regla secreta, un ídolo o un instrumento supersticioso?

b) Si herejes, ¿cómo se explica que ni uno solo defendiese con pertinacia sus herejías? En cualquier otra secta ha habido mártires o defensores obstinados; en la Orden del Templo, aun los que confiesan haber abrazado el error, piden y ruegan ser absueltos enseguida.

c) Di cese que todos en el acto solemne de ingreso ejecutaban petos impúdicos e irreverentes y que se les exhortaba a cometer des­pués otros mayores; pero también se dice que en adelante no los co­metían. Unos degenerados como parecen éstos tendrían que cometer otros pecados; y, sin embargo, no hay pruebas de ello. ¿Es esto moral- mente posible? Por otra parte, no hay duda que en la Orden había habido personas de gran virtud e integridad; ¿cómo éstas no se cre­yeron obligadas a denunciar las supuestas infamias prescritas en el ceremonial?

d) Examinando las deposiciones de los procesados, hallamos en­tera unanimidad en admitir el hecho culpable, pero gran diversidad en las circunstancias con que lo describen. Interrogados, v.gr., si es cierto que adoraban un ídolo, responden afirmativamente; y por com­placer a los temidos jueces quieren precisar más, y uno dice que el ídolo era de color negro; otro, que era blanco o dorado; otro, que con dos caras y cuatro pies; otro, que era una estatua y que parecía del Salvador ; otro, que era una pintura ; y no falta quien afirme que era Bafomet o Mahomet. El miedo excitaba su fantasía y les hacía mentir.

e) En la descripción de los pecados se dicen tales inverosimili­tudes, que bastan para dudar del hecho en sí. ¿Quién creerá, por ejem­plo, que al novicio se le exhortaba al vicio nefando, precisamente en el momento en que con toda verdad promete y se le exige voto de castidad? ¿Que mientras toma la cruz y la besa, comprometiéndose a luchar y dar la vida por ella, se le obligue a escupirla sacrilegamente? Los que creen en la veracidad de aquellas confesiones, deberán creer en testificaciones como las siguientes: que en la recepción de los freyres se aparecía un gato negro—según otros, blanco—, al cual ha­cían reverencia besándole suciamente «in ano», el cual gato aparecía y desaparecía misteriosamente estando las puertas y ventanas cerradas ; que se daban también apariciones de demonios en forma de muje­res, etc.

f) El argumento más fuerte contra los Templarios lo constituyen sus propias confesiones. Ahora bien, estas confesiones no tienen valor alguno, ya que fueron arrancadas a poder de tormentos y amenazas y de muchas de ellas se retractaron públicamente sus autores. Sabemos que en ocasiones también el oro demostró su potencia persuasiva, y alguna vez se dio el caso de hombres ignorantes y sencillos que, no entendiendo bien el interrogatorio y oyendo que el papa en su bula había afirmado ser verdaderos aquellos crímenes de la Orden, los ad­mitían también ellos ingenuamente .

g) Finalmente, el concilio de Vienne, concilio universal, pero predominantemente francés, en el que había muchísimos partidarios del rey de Francia, declaró, después de estudiar detenidamente las actas de los procesos, que no podía demostrarse la culpabilidad de la Orden ; y Clemente V, tan deseoso de complacer a Felipe el Hermoso, no se atrevió a dictar sentencia de condenación contra los Templarios.

 

Conclusión: aunque el tema da para al menos una docena de artículos por su importancia y complejidad, parece perfectamente claro que se trató de una conspiración del rey de Francia para apropiarse de los bienes de los Templarios y detener su creciente poder político y militar.

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El asesinato de Stalin. ¿Realidad o invención?

Cadáver de Stalin

Cadáver de Stalin

Iosif Stalin (nacido en Georgia como  Iosif Vissarionovich Dzhugashvili) había hechos méritos de sobra a lo largo de su vida para ser víctima de un asesinato, un procedimiento que conocía muy bien ya que lo había empleado infinidad de veces  para mantener su puño de hierro sobre el pueblo de la URSS; el número de víctimas provocado por sus cua­renta años de tiranía se cuenta por decenas de millones, sin contar a los que simplemente “hizo morir”, en vez de matar, como distinguía a veces el régimen.

Como consecuencia de las purgas políticas impuestas por Stalin, más de un millón de personas fueron fusiladas en los períodos 1935­1938, 1942 y 1945-1950; otros tantos millones fueron trasladados a los campos de trabajo del Gulag. Cuando, en la década de 1920, fra­casó su programa de granjas colectivas, Stalin culpó de ese fracaso a los kulaks (los campesinos ricos), quienes se resistían a la colectiviza­ción. Por lo tanto, aquellos definidos como kulaks, ayudantes de los kulaks, y más tarde ex kulaks tenían que ser fusilados, enviados al Gulag o deportados a regiones remotas del país. De esta paranoia homicida no se salvaron siquiera los soldados que combatían en la

segunda guerra mundial. La orden n.° 227 de Stalin, emitida el 27 de julio de 1942, fue un ejemplo de su absoluta crueldad: todos aque­llos que se retirasen o abandonasen sus posiciones sin haber recibi­do órdenes para hacerlo debían ser fusilados de forma sumaria. En la batalla, las tropas de vanguardia eran seguidas por unidades de stnersh (escuadrones de combate del Comisariado Popular para Asuntos de Interior, encargados de eliminar a «traidores, deserto­res, espías y elementos criminales») que ametrallaban a todo aquel que se volvía atrás. Incluso los antiguos camaradas revolucionarios de Stalin fueron objeto de arrestos y ejecuciones, y con la muerte de León Trotski en agosto de 1940, Stalin eliminó al último de sus viejos rivales.

Qué pasó

Al principio no había nada que fuese particularmente inusual en la noche del 28 de febrero de 1953 para Stalin y sus camaradas políti­cos más cercanos: Laurenti Beria, Nikita Jrushov, Nikolai Bulganin y Georgi Malenkov. Estos hombres —verdaderos gobernantes de la enorme extensión de la URSS— asistieron a la proyección de una pe­lícula en el Kremlin y luego se retiraron a la casa de campo de Stalin, a diez minutos de Moscú, para una noche de juerga.

La rutina habitual sólo se vio alterada cuando, a primera hora de la mañana, Stalin, alguien normalmente obsesionado con la seguri­dad, despidió a los guardias y ordenó que no le molestasen. La orden fue transmitida por el jefe de la guardia, un hombre llamado Khrus­talev. Al mediodía, como Stalin no salía de sus habitaciones, la preo­cupación comenzó a extenderse entre quienes estaban en la casa, pero nadie se atrevía a entrar en sus aposentos privados. Finalmente, un guardia llamado Lozgachev fue enviado a ver qué ocurría. El guardia regresó e informó que había encontrado a Stalin inconscien­te sobre su propia orina. Los guardias se apresuraron a llamar a Be­ria, Jrushov, Bulganin, y Malenkov al Politburó, pero tanto ellos como la ayuda médica fueron sorprendentemente lentos en acudir a la dacha, como si supiesen que cualquier ayuda sería inútil o bien por que no tenían ningún deseo de ayudarlo.

Las teorías de la conspiración

Las memorias políticas del ministro de Asuntos Exteriores de Stalin, Vyacheslav Molotov, publicadas en 1993, afirman que Beria se había jactado ante Molotov de haber envenenado a Stalin, y en 2003, un grupo de historiadores estadounidenses y soviéticos anunciaron su conclusión de que aquella noche Stalin había ingerido warfarina, un potente raticida que diluye la sangre y provoca hemorragias y pará­lisis. Al ser insípida, la warfarina es un arma homicida ideal. Otras historias sostienen que a Stalin le había inyectado veneno el guardia Khrustalev, siguiendo órdenes de su superior, el jefe de seguridad de Stalin y del terrible NKVD (más tarde KGB), Laurenti Beria.

Pero ¿por qué querría Beria matar a Stalin? Una de las teorías afirma que Stalin fue asesinado porque Beria, Jrushov, Bulganin y Malenkov creían que Stalin estaba a punto de desatar una guerra nu­clear total contra Occidente. Stalin estaba convencido de que la URSS tenía mucho menos que perder que los prósperos Estados Unidos en el caso de una guerra nuclear. Asimismo, estaba a punto de iniciar una nueva oleada de purgas, en esta ocasión dirigida especialmente contra los médicos y otros profesionales judíos, como una primera provocación contra Estados Unidos.

Beria, como jefe de la policía se­creta, tenía supuestamente órdenes reservadas de iniciar las depor­taciones de judíos desde Moscú el 5 de marzo de 1953. Los conspira­dores, conscientes de que nadie podría sobrevivir a una guerra nuclear, decidieron actuar.

 

Conclusión

Aunque en general se acepta el hecho de que Beria desempeñó un papel fundamental en la planificación de la muerte de Stalin, retirando a sus guardias de seguridad, esta acción no le ayudó a alcanzar su objetivo úl­timo: reemplazar él mismo a Stalin. En los tres meses posteriores a la muerte de Stalin, se desarrolló una feroz lucha de poder entre Beria y Jrushov que acabó con la victoria de este último, quien asumió el poder en junio. Beria, mientras tanto, que debía hacerse cargo de la inestabili­dad que provocaban los anticomunistas en Alemania Oriental como jefe del KGB, fue acusado de traidor y de «trabajar para los británicos», arres­tado y ejecutado, convirtiéndose así Jrushov en el único sucesor de Stalin.

El pueblo soviético se enteró de la muerte de Stalin el 5 de marzo, cuando se anunció oficialmente que había muerto serenamente en su cama a las 9.50 horas. La gran mayoría lo veía como el «Tío José», el líder infalible y el vencedor en la guerra contra Hitler, y la gente se sumió en un dolor histérico. Millones de soviéticos acudieron a ver su cuerpo mientras estuvo exhibido en el Salón de las Columnas, a pocas manzanas de la plaza Roja, y aparentemente centenares de personas murieron aplastadas en el tumulto.

Parece demostrable que Stalin fue asesinado, peor las razones que se aducen y los culpables que se señalan son totalmente endebles. La razón última, como siempre, pudo estar en cualquier menudencia personal y no en razones de alta política.

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Los Rotschild, la Reserva Federal Americana y la reunión secreta de Jekyll Island

Edificio de la Reserva Federal

Edificio de la Reserva Federal

Estamos ante una conspiración un tanto controvertida, aunque poco a poco se ha podido ir documentando su veracidad.

Esta teoría merece crédito por el hecho de que el principal autor de la historia, Eustace Mullins, también trabajó para la biblioteca del Con­greso y escribió el texto clave sobre este tema, Secrets ofthe Federal Reser­ve. Lamentablemente, la teoría se ve de alguna manera debilitada por el hecho de que Mullins tuvo acceso a ella a través del poeta Ezra Loo­mis Pound, a la sazón ingresado en un hospital para enfermos menta­les después de haber sido detenido por difundir propaganda nazi a través de la radio, desde Italia, durante la segunda guerra mundial.

Sin embargo, hay algo que parece claro en estos momentos: que un tipo, por acabar loco y tener simpatías nazis no tenía por que estar necesariamente equivocado ni haberse inventado la historia. Los datos parecen concordar con lo que se ha podido comprobar.

Los hechos propuestos por Mullins

Jekyll Island es un popular lugar de veraneo situado frente a la costa de Georgia en el sur de Estados Unidos. La isla había sido adquirida hacía algunos años como un exclusivo lugar de descanso para millo­narios por el famoso filántropo y multimillonario J. P. Morgan.

La te­sis de Mullins sostiene que, en noviembre de 1910, un grupo de fi­nancieros estadounidenses partieron de Nueva York en un tren privado, con las persianas de las ventanillas bajadas, para pasar una semana en Jekyll Island con el objeto de conspirar para apoderarse del sistema de la Reserva Federal del país y, de ese modo, controlar la economía estadounidense.

En connivencia con importantes financieros europeos, entre los que se contaban las familias Rothschild y Warburg, y banqueros de la City de Londres, también comenzaron a manipular el mercado fi­nanciero mundial. La familia Rothschild controlaba bancos en Frankfurt, Londres, París y Viena y, supuestamente, estuvo implica­ da en el derrumbe de Wall Street de 1929 y ha estado implicada en escándalos financieros hasta el presente.

La teoría de Mullins señala que el sistema de la Reserva Federal no es federal sino privado; el gobierno de Estados Unidos no dirigesu propio sistema financiero, sino que lo hace un cártel de bancos  que están en manos privadas. Ese cártel, afirma Mullins, ha endeu­dado a Estados Unidos en tres billones de dólares y le cobra una can­tidad fantástica en intereses cada día. También sostiene que el cártel tuvo una participación en las dos guerras mundiales.

Esta teoría sostiene, además, que Estados Unidos estaba libre de deudas hasta que se creó el sistema de la Reserva Federal y, en con­secuencia, que este sistema estableció el control de los banqueros pri­vados sobre la economía estadounidense y es poco más que un dis­positivo que fabrica dinero para una poderosa élite. La conclusión es que el sistema bancario estadounidense está quitando millones de dólares al pueblo cada día, y el Senado simplemente no quiere hacer nada al respecto.

Las pruebas

Historiadores y periodistas han proporcionado abundantes pruebas acerca de la famosa reunión celebrada en Jekyll Island y la implicación de los mencionados financieros. La reunión, por tanto, existió sin lugar a dudas.

El sigiloso viaje de mil seiscientos ki­lómetros de un tren privado hasta Jekyll Island realmente se realizó, a otros miembros alojados en ese lugar exclusivo se les pidió que se mantuviesen fuera de la isla durante la reunión, y el Acta de la Reser­va Federal, aprobada en 1913, fue redactada en el curso de esa reunión intensiva que se prolongó durante nueve días.

El autor principal del acta fue el senador y hombre de negocios Nelson Aldrich. Ese docu­mento hizo posible el establecimiento del sistema de la Reserva Fede­ral privado que sigue funcionando en nuestros días, y la mecánicaa de creación de dinero que se conoce encaja a la perfección con lo descrito inicialmente por Mullins.

Muchos econo­mistas han afirmado que el acta es directamente responsable de la Gran Depresión, el ciclo económico de bonanza-depresión, y de la in­flación en general.

Conclusión

Esta conspiración de los banqueros judíos que querían adueñarse del mundo fue muy desprestigiada en su momento por el hecho de que los nazis le diesen completa credibilidad y la utilizasen como propaganda.

Sin embargo, pasado ya un siglo, parece que muchos de los detalles que hay detrás de la teoría de la conspiración han sido perfectamente establecidos. Lo que es dudoso es si la reunión estableció las normas de la FED o simplemente las discutió, para adaptarlas a su conveniencia.

El sentido común nos lleva a pensar que si la reunión existió y sus efectos están probados, la conspiración tiene cierta credibilidad, aunque no completa, pues no se puede conocer el verdadero alcance de la misma.

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Los Caballeros del Círculo Dorado, un conspiración de cuento yankee

El fundador de esta orden

El fundador de esta orden

Los países jóvenes tienen también su propia  mitología, y a medida que pasa el tiempo ven con placer como esas historias van cubriéndose del moho que tan elegante queda en las historias europeas.

La existencia de los Caballeros del Círculo Dorado es un hecho cier­tamente ambiguo y sobre ellos se han escrito muchos artículos e his­torias. Sus miembros eran principalmente demócratas que se opo­nían a la guerra civil, pero al mismo tiempo se oponían también a la abolición de la esclavitud por entender que no era un acto humanista sino un esfuerzo de la industria norteña por abaratar la mano de obra..

La organización se creó en Cincinnati, fundamentalmente con el objetivo de promover estos fines, pero también para hacerse con el control de tierras en Nuevo México. Su fundador, el doctor George W. Brickley, les endilgó el apodó  de Copperheads, por una serpiente venenosa de esa región de Estados Unidos. Aunque se oponían al comportamien­to antisocial, algunos de sus miembros apoyaban las actividades contra la guerra, como ofrecer refugio a los que se oponían al recluta­miento obligatorio y a los desertores.

El grupo fue reformado en 1863 con el nombre de Organización de Caballeros Americanos, y nuevamente en 1864 como la Orden de los Hijos de la Libertad. Sin embargo, sus muy alardeadas ambicio­nes se derrumbaron con la guerra civil y sus planes se vieron frustra­dos a pesar del apoyo económico de acaudalados sureños. Después de varias batallas en Kentucky, Indiana y Ohio, el grupo fue prohibi­do por las autoridades, disolviéndose poco tiempo después.

Los Caballeros del Círculo Dorado,  se oponía a lo que consideraba una guerra obstinada, empezaron su andadura con mal pie y fueron finalmente eliminados por el gobierno victorioso del Norte.

Parte de su motivación era sin duda económica, pero tam­bién estaban impulsados por la creencia de que la guerra era inmo­ral. Soberbios e ingenuos, quizá, pero probablemente una de las or­ganizaciones secretas menos siniestras en la historia reciente de Estados Unidos.

Conclusión: Más que una organización secreta parecen un grupo de amigos, ricos y aburridos, que pasaban el rato en esas cosas a falta de mejor ocupación. Se añade esta conspiración por ser recurrente en algunos documentales americanos y para que se vea qué clase de tonterías consideran allí relevantes, lo que quizás debería prevenirnos un tanto sobre los documentales americanos de historia, tan de moda y omnipresentes hoy en muchas cadenas de televisión.

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El caso John Stalker (el hombre que quiso saber por qué se disparaba a matar contra los miembros del IRA)

John Stalker

Este caso se remonta a 1982, cuando Margaret Thatcher decidió que el terrorismo se comnbatía repartiendo un poco el sufrimiento.

Según algunas fuentes, John Stalker, el investigador de la política de «disparar a matar» en Irlanda del Norte fue saboteado por las autoridades británicas o por sus propios compañeros dentro de la policía.

John Stalker era subjefe de la policía de Manchester cuando se le pi­dió que llevase a cabo una de las misiones de vigilancia más delica­das en Gran Bretaña: investigar las acusaciones de que el Royal Uls­ter Constabulary (la policía de Irlanda del Norte) estaba aplicando una política de «disparar a matar» en Irlanda del Norte. Pero, súbita­mente, fue transferido para que se hiciera cargo de otras tareas.

El período bajo investigación eran los últimos meses de 1982, cuando una unidad especial antiterrorista del RUC mató a seis hom­bres desarmados en el condado de Armagh en un período de cinco semanas. Cuatro de los muertos habían sido implicados en el asesi­nato de tres policías como consecuencia del estallido de una mina co­locada por el IRA sólo tres semanas antes. ¿Fueron estas acciones del RUC un procedimiento táctico o, simplemente, una cuestión de ven­ganza?

Stalker fue designado en 1985 para llevar a cabo la investigación de las acusaciones. En mayo de 1986, cuando estaba a punto de en­trevistar a John Hermon, el jefe del RUC, vieron la luz unas acusacio­nes que decían que Stalker estaba socialmente relacionado con la red criminal de Quality Street, con base en Manchester, acusada de pro­porcionar armas al IRA. A resultas de esta acusación, Stalker fue apartado de las investigaciones.

En aquel momento pareció absolutamente obvio que los cargos de su supuesta vinculación con Quality Street habían sido inventados. Esta presunción quedó plenamente confirmada sólo tres meses más tarde, el 22 de agosto de 1986, cuando todos los cargos contra Stalker fueron retirados.

En enero de 1988, el sustituto de Stalker, Colin Samopson, perte­neciente a la policía de West Yorkshire, informó al fiscal general, Pa­trick Mayhew, que no se presentarían cargos contra el RUC. Stalker se quejó más tarde de que su suspensión se había producido porque sus revelaciones hubiesen resultado muy embarazosas para el go­bierno y los servicios de seguridad.

De hecho, la reputación de Stalker por decir la verdad se vio for­talecida por este asunto y, desde entonces, se ha convertido en un conferenciante y escritor muy popular.

Conclusión: Aunque carecemos de pruebas, como casi es obvio en este caso, nos inclinamos a pensar que se trata de una conspiración veraz, y además bastante habitual dentro de los Estados. Primero se nombra a un investigador aparentemente honesto, y cuando se descubre con enorme sorprresa que el investigador es efectivamente honesto, se le descarta de inmediato, sustituyéndolo por otro que ofrezca un pliego de conclusiones más acorde con lo deseado por el poder político.

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La masacre del día de San Valentín, ¿ajuste mafioso o policía corrupta?

Imagen de las víctimas

Nos encontramos ante uno de esos casos en los que hay unas cuantas pruebas, aunque no concluyentes, de que pudo haber algo más de lo que nos cuentan. De hecho, el interés del Gobierno por difundir su versión de la historia a través del cine induce a pensar que en este caso particular, los partidarios de la teoría conspiratoria podrían tener alguna base. Vamos a echar un vistazo al asunto.

La masacre del día de San Valentín de 1929 se atribuyó a Al Capone y se tomó como parte de su guerra mafiosa en Chicago para eliminar a George Bugs Moran y su banda. Se encuadra, por tanto, entre las habituales luchas entre bandas criminales rivales.

El trabajo de campo para la especta­cular matanza estuvo a cargo del lugarteniente de Capone, Jack Ametralladora McGurn. El plan de McGurn consistía en atraer a Moran y sus principales lugartenientes con una proposición que no podía re­chazar, en este caso un cargamento de whisky de contrabando a un almacén en Clark Street. Un grupo de asesinos de Capone entraría después en el almacén, disfrazados de policías, aparentarían arrestar a Moran y sus hombres para luego matarlos a todos. McGurn estaría a salvo lejos de allí y Capone se marcharía «de vacaciones» a Florida. Con esto se c0mpletaría el ajuste de cuentas sin que quedase nunca claro quién lo había hecho.

El plan,no obstante, fracasó. Los hombres de Capone llega ron al almacén a las 10.30 horas de la mañana del 14 de febrero de
1929 en un coche de policía robado. Siete de los hombres de Moran (más un oftalmólogo que estaba en el lugar equivocado) fueron ali­neados contra una pared, en el garaje de la S-M-C Cartage Company, y acribillados a balazos. Moran, sin embargo, no estaba entre ellos. Cuando se acercaba al almacén vio que llegaban los «policías» de Ca­pone en el coche robado y se asustó. Los muertos fueron James Clark, Frank y Pete Gusenberg, Adam Heyer, Johnny May, Reinhardt Schwimmer y Al Weinshank. El hecho de haber fallado en el asesinato del objetivo principal traería graves consecuencias.

Siempre se ha supuesto que los asesinatos jamás podrían haberse cometido sin la complicidad de la notoriamente corrupta policía de
Chicago, que además incluso debió de suministrar los uniformes y el vehículo empleados para cometer la matanza. Un año más tarde, las ametralladoras utilizadas en la masacre del día de San Valentín fue­ron encontradas en la casa de Michigan de un pistolero profesional llamado Fred Burke, pero Burke jamás fue extraditado a Illinois para ser juzgado, supuestamente porque su declaración podría haber im­plicado a los policías que participaron de la conspiración.

Otras versiones apuntan a que el posterior encubrimiento de Capone se debió a que al policía prefirió no profundizar en el asunto para no resaltar la negligencia de los suyos, pero esta versión no acaba de sostener completamente.

Conclusión:

Con estos datos y algunos más que hemos encontrado, parece que aquí hubo algo más que un ajuste de cuentas entre bandas mafiosas. Por lo que parece, la propia policía se puso del lado de Capone, ya fuera para ayudarlo a acabar con Moran por razones legales (uso de un delincuente para acabar con otro) o porque al propia policía estaba más interesada en que Capone controlase la zona, por recibir de este mejores comisiones.

La dinámica policial de Chicago en aquellos años, donde no estaba muy claro quién estaba de parte de quién, parece indicar que la policía de Chicago participó activa y conscientemente en estos hechos, tanto en lo maaterial como muy probablemente en la autoría intelectual de los mismos.

Sin poder estar, por supuesto, completamente seguros de ello, clasificamos esta conspiración en el grupo de las conspiraci0nes veraces. O al menos, muy verosímiles.

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Barry Seal, el narcotraficante al que odiaban por otra cosa

Barry Seal

El 19 de febrero de 1986, Adler B. (Barry) Seal estaba saliendo de su Cadillac blanco en el aparcamiento del Centro de Tratamiento Co­munitario del Ejército de Salvación, en Baton Rouge, Louisiana, cuando fue muerto a tiros por un colombiano que le disparó con una pequeña metralleta. Seal tenía fama de haber introducido en Estados Unidos más de cincuenta millones de dólares en drogas procedentes de América del Sur entre 1977 y 1986.

La muerte de Barry Seal marcó el inicio de un complicado proce­so que acabó revelando detalles cruciales de la conspiración Irán-Contra e implicando a muchos miembros de la élite del poder de la administración Reagan, incluyendo a George H. W. Bush, Oliver North, Dewey Clarridge, John Pointdexter, Caspar Weinberger e in­cluso al joven Bill Clinton, quien por entonces era el gobernador de Arkansas.

En aquella época, los guerrilleros de extrema derecha de la Con­tra estaban tratando de derrocar al gobierno sandinista de Nicara­gua. En 1984, el Congreso estadounidense había suspendido el sumi­nistro de fondos a la resistencia nicaragüense, pero los partidarios de la línea dura de la administración Reagan y la CÍA querían conti­nuar la lucha, y rápidamente dieron con un medio obvio de conse­guir el dinero. El jefe de la CÍA en Costa Rica, Joe Fernández, sabía que el FDN (Fuerza Democrática de Nicaragua) —la Contra— nece­sitaba fondos alternativos, y que esos fondos podrían conseguirse del floreciente tráfico de drogas que se realizaba en América Central. La cocaína se obtenía en Colombia y se llevaba a Panamá, donde los cargamentos estaban protegidos por las fuerzas de defensa paname­ñas. Desde Panamá, las drogas pasaban a través de Costa Rica, don­de los envíos eran personalmente supervisados por el ministro de Seguridad Pública. Los vuelos hacia su destino final en Estados Uni­

162 dos eran controlados por el FBI y la CÍA, y el pequeño aeropuerto de Mena, en Arkansas, fue preparado como un punto de entrada encu­bierto, libre de la interferencia de la aduana estadounidense o de la Agencia de Lucha Antidroga (DEA).

Elegida por la CÍA porque la agencia consideraba Arkansas una especie de república bananera dentro de Estados Unidos —donde los políticos podían ser comprados por poco dinero—, Mena se con­virtió muy pronto en el centro estadounidense de las operaciones Irán-Contra. El entrenamiento clandestino de los guerrilleros de la Contra nicaragüense se llevaba a cabo muy cerca de allí, y las armas eran enviadas en los mismos aviones que regresaban cargados de co­caína. La pieza final de la conspiración era manejada por el crimen organizado. Se compró incluso el pequeño First National Bank de Mena para dedicarlo a operaciones de lavado del dinero procedente de la droga, eliminando así cualquier intermediario económico. La operación Irán-Contra incluso superó con creces la invasión de Bahía Cochinos en términos del extravagante elenco de personajes que se necesitaban para llevarla a cabo. Los agentes del FBI y la CÍA trabaja­ban con guerrilleros de derechas, mercenarios contratados para ope­raciones encubiertas, proveedores de armas ilegales, además de tra­ficantes de cocaína y experimentados contrabandistas de drogas con conocimientos de aviación. Barry Seal era uno de estos últimos, y es posible que fuese seleccionado porque contaba con antecedentes de haber transportado explosivos en su avión para los cubanos anticas­tristas y la reputación de ser capaz de volar con «cualquier cosa que tenga alas».

La teoría de la conspiración

Barry Seal ya estaba profundamente implicado en un juego muy pe­ligroso cuando decidió llevar a cabo su propia conspiración privada dentro de una conspiración mayor. En ese punto, las aguas de los acontecimientos mundiales se cerraron cruelmente sobre él, y todos los que lo rodeaban decidieron que representaba un riesgo demasia­do grande como para permitir que siguiera con vida.

La muerte de Barry Seal podría haber quedado como una más de las víctimas misteriosas del mundo del tráfico de drogas, si no hubiese sido porque un avión militar de carga C-123 K, con el nombre Fat Lady pintado en el morro, se estrelló en Nicaragua el 5 de octubre de 1986, seis meses después de su asesinato. El avión transportaba ar­mas y agentes de la CÍA, y la prueba demostró que el aeropuerto de origen había sido Mena. El asunto se complicó aún más por el hecho de que el Fat Lady había pertenecido al difunto Barry Seal.

Cuando los investigadores siguieron esa pista descubrieron que Seal había estado desarrollando más actividades y actuando en más bandos de los que nadie hubiera imaginado, ni siquiera sus jefes y compañeros en la conspiración. Por un lado, Seal estaba organizan­do el suministro de cocaína que en última instancia servía para fi­nanciar a la Contra, y se había convertido en un socio de confianza del jefe del cártel de Cali, Jorge Ochoa Vázquez. Por otro lado, Ochoa estaba organizando una nueva ruta de distribución de cocaína a tra­vés de Nicaragua con la ayuda de los sandinistas, algo que chocaba abiertamente con los planes de la CÍA.

Por si eso no fuese ya suficientemente complicado, Seal también era informante de la DEA, que estaba utilizando una acusación relati­vamente menor, presentada en 1984 por un tribunal de Florida por la­vado de dinero y tráfico de sustancias hipnóticas, para tenerlo contro­lado. La DEA estaba librando la guerra contra las drogas, mientras que la CÍA se encargaba de introducir la cocaína en el país. Resultó que el Fat Lady había sido entregado a Seal por la propia DEA para que pudiese documentar la complicidad de los sandinistas en el tráfico de cocaína. El avión estaba equipado con cámaras ocultas que tomaban fotografías de funcionarios del gobierno nicaragüense cargando la co­caína en el avión. De modo que Seal se encontró transportando cocaí­na para la CÍA y la Contra, al mismo tiempo que llevaba a cabo una misión de la DEA contra los sandinistas, que eran los enemigos de la Contra en la guerra civil que se libraba en Nicaragua. Tal vez Seal pen­só que podía continuar con ese juego, pero cuando la misión de la DEA se acabó y la historia estaba a punto de ser revelada ante el tribu­nal en pleno, su tapadera se derrumbó ante sus múltiples socios. Seal debió saber que no le permitirían vivir el tiempo suficiente para testi­ficar contra Ochoa y los sandinistas.

 

Conclusión

A comienzos de 1986 había un contrato de medio millón de dólares para matar a Seal, pero quién estaba realmente detrás de su muerte no deja de ser una cuestión simplemente académica. Todo el mundo, desde la CÍA hasta los cárteles de Colombia necesitaban silenciar a Seal, y probable­mente las cosas habrían continuado de ese modo si el Fat Lady no se hu­biese estrellado en Nicaragua, haciendo imposible cualquier intento de encubrimiento. En una extraña coincidencia, un lujoso Beechcraft King Air (N6308F), que en otro tiempo había pertenecido a Barry Seal, fue uti­lizado más tarde por el gobernador de Texas, George W. Bush.

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El asesinato de Olof Palme. ¿Conspiración o delincuencia común?

Olof Palme

El asesinato del primer ministro sueco, Sven Olof Joachim Palme, y las heridas recibidas por su esposa Lisbet durante el atentado, pusie­ron un terrible fin a la creencia generalizada de que Suecia era un país tan civilizado y ordenado que sus autoridades podían pasear tranquilamente por las calles de la capital sin necesidad de llevar guardaespaldas. Antes del asesinato de Olof Palme en 1986, la muerte más reciente de un jefe de Estado había sido el asesinato del rey Gusta­vo III en 1792.

Olof Palme, quien se había educado principalmente en Estados Unidos, era socialista declarado y una figura dominante de la políti­ca sueca. El 28 de febrero de 1986, poco antes de la medianoche, Pal­me regresaba caminando a su casa, en compañía de su esposa Lisbet, por la calle principal de Estocolmo, Sveaváge, después de haber asis­tido al cine. La pareja fue atacada por un pistolero solitario, quien efectuó dos disparos con un revólver Magnum 357. La primera bala mató a Palme y la segunda dejó herida a Lisbet; el asesino escapó a pie. Christer Pettersson, un ladrón de poca monta y alcohólico, fue arrestado en diciembre de 1988, juzgado y condenado por el asesina­to de Palme, pero más tarde apeló y fue absuelto. A finales de la dé­cada de 1990, después de que aparecieran nuevas pruebas en su con­tra, el fiscal general Klas Bergenstrand solicitó que se realizara un nuevo juicio, pero en mayo de 1998 la Corte Suprema de Suecia re­chazó la demanda. Aunque la policía nunca encontró el arma homi­cida, Pettersson fue señalado en una rueda de reconocimiento por Lisbet Palme, pero la corte de apelaciones puso en duda su testimo­nio. Pettersson incluso recibió cincuenta mil dólares como compen­sación por el tiempo que había pasado en prisión.

A pesar de haber sido declarado inocente, el inestable Pettersson confesó haber dispa­rado a Palme durante una entrevista concedida al escritor sueco Gert Fylking, en 2001: «Por supuesto que fui yo quien le disparó, pero nunca podrán cogerme por ello. El arma desapareció». Más tarde se retractó de estas palabras y dijo que nunca había estado implicado en el asesinato de Palme. Una vasta caza del hombre, una recompensa de 8,6 millones de dólares y más de catorce mil pistas no han conse­guido dar con otro sospechoso.

Teorías de la conspiración

El asesinato de Olof Palme permanece sin resolver, pero ha generado toda una serie de teorías de la conspiración que culpan a medio mundo, desde militantes kurdos hasta agentes de derechas de la po­licía sueca. La dificultad reside en el hecho de que Palme estaba tan decididamente no alineado que resulta complicado aislar a un único enemigo político.

Olof Palme era una figura política muy controvertida y con opinio­nes muy arraigadas. Criticó a Estados Unidos por su intervención en la guerra de Vietnam y su política en América Central, y a la Unión Soviética por la invasión de Afganistán; luchó contra la proliferación nuclear y condenó abiertamente la política del apartheid practicada por el gobierno de Sudáfrica.

Las mayores sospechas han recaído siempre en el gobierno pre­apartheid sudafricano, y el reciente testimonio de ex agentes de la policía secreta de aquel país ante la Comisión de la Verdad y la Re­conciliación parece añadir credibilidad a estas sospechas. Dirk Coetzee, supuestamente un oficial de alto rango de la unidad de homicidios de la policía, afirmó que el asesinato de Palme fue parte de una operación, llamada «Long Reach» (Largo alcance), llevada a cabo por una unidad de la policía secreta sudafricana dirigida por Craig Williamson. Éste reconoció que estuvo implicado en otros tres asesinatos, pero niega cualquier participación en el de Palme. Según la agencia de noticias sueca TT, ochenta o noventa agentes sudafricanos participaron en la planificación del asesinato y se llevó a cabo con la connivencia tácita de la CÍA, mientras la adminis­tración Reagan y el gobierno de Margaret Thatcher harían la vista gorda.

 

Conclusión:

A falta de pruebas concluyentes, Petersson carecía de móviles para el crimen. Por nuestra parte, aunque no podamos determinar si son creíbles las líneas que conducen a los servicios secretos surafricanos, nos inclinamos a pensar que se trató de una conspiración aún no ha aclarada. La muerte de un político enfrentado a la vez con tantos y tan poderosos países no parece probable que sea casual. Sin embargo, tampoco se puede asegurar declaradamente otra cosa.

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La burbuja de los Mares del Sur. Una locura de especuladores

Cotización de las acciones de la Compañía de los Mares del Sur

Durante los hechos que luego fueron conocidos como burbuja de lso Mares del Sur, los especuladores del siglo XVIII perdieron millones en acciones de negocios inexistentes. La crisis que sucedió a aquel extraño hecho fue tan grave que se puede encontrar aún reflejada en algunas obras literarias clásica como la poesía de John Pope:

«Ningún barco descargado, ni los telares trabajando, Todos han sido tragados por la maldita South Sea.»

Algun0s hablan de estos hechos como el primer timo de la City de Londres, donde miles de personas fueron engañadas para que invir­tiesen en acciones en negocios inexistentes en el Atlántico Sur. La fie­bre del beneficio rápido impulsó inversiones en negocios ficticios en esa zona con intereses de casi el ciento por ciento. En un momento dado, las acciones subieron desde ciento veintiocho a mil cincuenta libras esterlinas, sólo para derrumbarse nuevamente a ciento vein­tiocho libras apenas unos días más tarde, lo que llevó a muchos de los deudores ante los tribunales y a prisión, mientras que otros opta­ron por el suicidio. Algunos acabaron con sus huesos en la Torre de Londres; al producirse este escándalo en el siglo xvín, los especula­dores tendían a pertenecer a una clase que se identificaba más a sí misma en la Torre de Londres antes que colgando de una cuerda en Newgate. Algunos sostienen que la burbuja de South Sea fue la ruina de toda una generación de especuladores en Inglaterra.

La Compañía de los mares del sur (South Sea Company), fundada en 1711 por Robert Harley (entonces jefe del partido Tory), logró el monopolio sobre el comercio con las colonias españolas en América. La compañía, a cambio, aceptó cambiar diez millones de libras en bonos del tesoro contra las acciones a una tasa de interés del 6%, lo que equivalía a una renta perpetua para los inversores.

El primer viaje comercial hacia América tuvo lugar en 1717, pero la ganancia fue poca. En 1718, las relaciones entre España y Gran Bretaña se deterioraron, lo que ensombreció las perspectivas de la compañía. Aun así, seguía manteniendo que era inmensamente provechosa a largo plazo. En 1717, se hizo cargo de diez millones de libras suplementarias de deuda pública contra una nueva emisión de títulos.

La compañía divulgó rumores cada vez más extravagantes sobre el valor potencial de su comercio con el Nuevo Mundo, lo que tuvo el efecto de desatar la especulación. Las acciones subieron rápidamente, pasando de 128 libras en enero de 1720 a 550 a finales de mayo.

La compañía obtuvo la licencia real para comerciar en exclusiva de manera que su atractivo aumentó y sus acciones llegaron a las 890 libras a principios de junio. Este pico incitó a algunos inversores a vender; para limitar la presión bajistas, los directores de la compañía ordenaron a sus agentes comprar títulos, manteniendo así su valor en torno a las 750 libras.

Lo que realmente agravó el desastre de la Compañía South Sea fue el hecho de que estaba totalmente respaldada por el parlamento y la realeza. La especulación en proyectos vinculados a la compañía South Sea provocó una avalancha de inversiones de gente que espe­raba obtener una pequeña fortuna de ese proyecto (el arriba mencio­nado poeta, Pope, se encontraba supuestamente entre estos inverso­res). Los hombres de negocios que habían lanzado la compañía South Sea abandonaron la ciudad de puntillas.

En aquella época se calculó que en el escándalo se habían perdido entre nueve y vein­te millones de libras esterlinas, una cifra que hoy equivale a miles de millones de dólares, con el agravante de que la riqueza total de la época era cientos de veces inferior a la actual.

Conclusión:

Que Robert Harley sabía que estaba vendiendo humo es algo probado. Como en tantos y tantos casos de índole económica, es imposible saber hasta qué punto los funcionari0s del Tesoro Británico, y los políticos de la época, aceptaron dinero o favores a cambio de sostener y fomentar la especulación sobre esta compañía.

Fuentes: Wikipedia y diversas fuentes, elaboradas pro este blog.

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El asesinato de Toro Sentado. Un caso de limpieza étnica

El jefe indio Toro Sentado («Tatanka-Lyotanka»),

El jefe indio Toro Sentado nació en Grand Silver, Dakota del Sur en 1831 y falleció en 1890, en la reserva india de Standing Rock, Dakota del Sur.

Se trata de un caso de miedo al prestigio, y este jefe indio tenía un gran predicamento entre los suyos, pro lo que las autoridades norteamericanas lo seguían considerando una amenaza.

Toro Sentado («Tatanka-Lyotanka»), jefe y hechicero de la tri­bu lakota, era considerado generalmente como el último represen­tante de los sioux en rendirse al gobierno de Estados Unidos y, como tal, los blancos lo miraban con profunda desconfianza.

Aunque Toro Sentado fue una figura legendaria en la batalla de los nativos Ameri­canos contra la expansión de los blancos hacia el Oeste de Estados Unidos, no participó en la resistencia hasta los últimos momentos de la lucha. Después de que la fiebre del oro de 1868 en las montañas Negras rompiese el Tratado de Fort Laramie, que estaba destinado a proteger las tierras de los indios, Toro Sentado tuvo su famosa visión mística que anticipó la terrible derrota del de Caballería del ge­neral George Armstrong Custer ante los lakota.

Aunque victoriosos ante Custer, Toro Sentado y su pueblo no pudieron resistir la inva­sión de colonos blancos y, en el duro invierno de 1881, finalmente rindieron sus armas al ejército de Estados Unidos.

El jefe indio pasó dos años en prisión antes de ser trasladado a la reserva de Standing Rock, aunque en 1885 las autoridades le permitieron realizar una gira por Europa, participando del espectáculo del salvaje Oeste de Búfalo Bill. En este sentido hubo un gran debate entre los indios, pues mientras unos lo consideraban indigno para su pueblo, otros pensaban que era una oportunidad ùnica para hacer conocer a otros pueblos su existencia y su problemática.

El rápido aumento (y la enorme popularidad) del culto de la dan­za fantasma entre los nativos norteamericanos en 1890 asustó a las autoridades estadounidenses —pensaban que esa ceremonia conse­guiría vaciar la tierra de habitantes blancos y restauraría la forma de vida india—, y los agentes a cargo de los indios llamaron a la caballe­ría.

Temían que Toro Sentado se uniera a los seguidores de la danza fantasma y por eso cuarenta y tres policías de Lakota irrumpieron, antes del amanecer del 15 de diciembre de 1890, en su cabaña de Standing Rock y le arrastraron fuera de ella. Sus seguidores se reu­nieron en torno a él para tratar de protegerlo pero, en el tiroteo que siguió a estos hechos, uno de los policías de Lakota atravesó la cabe­za de Toro Sentado con una bala.

Según parece, la mueret de Toro Sentado estaba ya decidida desde un principio, y por eso eligieron ese modo de detenerlo, en su propia reserva y entre su propia gente, seguros de que se organizarían un tumulto en el que fuese posible acabar con su vida sin la publicidad posterior de un juicio en el que, por otra parte, no había muchas garantías de que resultase condenado.

 

Conclusión:

Los pocos documentos que hay de la época no permiten afirmar de una manera concluyente que alguien decidiese su muerte, pero los periódicos del momento abundan en artículos pidiendo la decapitación de cualquier movimiento indio de resistencia que entorpeciese la conquista y explotación del Oeste y sus enormes recursos naturales. Cabe recordar que en aquella época se consideraba retrasados mentales a los indios y, según terminología del momento “gente sin derecho a vivir”.

A nosotros no nos cabe duda de que fue un asesinato político, con graves tintes racistas y de limpieza étnica y cultural.

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