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El asesinato de Stalin. ¿Realidad o invención?




Cadáver de Stalin

Cadáver de Stalin

Iosif Stalin (nacido en Georgia como  Iosif Vissarionovich Dzhugashvili) había hechos méritos de sobra a lo largo de su vida para ser víctima de un asesinato, un procedimiento que conocía muy bien ya que lo había empleado infinidad de veces  para mantener su puño de hierro sobre el pueblo de la URSS; el número de víctimas provocado por sus cua­renta años de tiranía se cuenta por decenas de millones, sin contar a los que simplemente “hizo morir”, en vez de matar, como distinguía a veces el régimen.

Como consecuencia de las purgas políticas impuestas por Stalin, más de un millón de personas fueron fusiladas en los períodos 1935­1938, 1942 y 1945-1950; otros tantos millones fueron trasladados a los campos de trabajo del Gulag. Cuando, en la década de 1920, fra­casó su programa de granjas colectivas, Stalin culpó de ese fracaso a los kulaks (los campesinos ricos), quienes se resistían a la colectiviza­ción. Por lo tanto, aquellos definidos como kulaks, ayudantes de los kulaks, y más tarde ex kulaks tenían que ser fusilados, enviados al Gulag o deportados a regiones remotas del país. De esta paranoia homicida no se salvaron siquiera los soldados que combatían en la

segunda guerra mundial. La orden n.° 227 de Stalin, emitida el 27 de julio de 1942, fue un ejemplo de su absoluta crueldad: todos aque­llos que se retirasen o abandonasen sus posiciones sin haber recibi­do órdenes para hacerlo debían ser fusilados de forma sumaria. En la batalla, las tropas de vanguardia eran seguidas por unidades de stnersh (escuadrones de combate del Comisariado Popular para Asuntos de Interior, encargados de eliminar a «traidores, deserto­res, espías y elementos criminales») que ametrallaban a todo aquel que se volvía atrás. Incluso los antiguos camaradas revolucionarios de Stalin fueron objeto de arrestos y ejecuciones, y con la muerte de León Trotski en agosto de 1940, Stalin eliminó al último de sus viejos rivales.

Qué pasó

Al principio no había nada que fuese particularmente inusual en la noche del 28 de febrero de 1953 para Stalin y sus camaradas políti­cos más cercanos: Laurenti Beria, Nikita Jrushov, Nikolai Bulganin y Georgi Malenkov. Estos hombres —verdaderos gobernantes de la enorme extensión de la URSS— asistieron a la proyección de una pe­lícula en el Kremlin y luego se retiraron a la casa de campo de Stalin, a diez minutos de Moscú, para una noche de juerga.

La rutina habitual sólo se vio alterada cuando, a primera hora de la mañana, Stalin, alguien normalmente obsesionado con la seguri­dad, despidió a los guardias y ordenó que no le molestasen. La orden fue transmitida por el jefe de la guardia, un hombre llamado Khrus­talev. Al mediodía, como Stalin no salía de sus habitaciones, la preo­cupación comenzó a extenderse entre quienes estaban en la casa, pero nadie se atrevía a entrar en sus aposentos privados. Finalmente, un guardia llamado Lozgachev fue enviado a ver qué ocurría. El guardia regresó e informó que había encontrado a Stalin inconscien­te sobre su propia orina. Los guardias se apresuraron a llamar a Be­ria, Jrushov, Bulganin, y Malenkov al Politburó, pero tanto ellos como la ayuda médica fueron sorprendentemente lentos en acudir a la dacha, como si supiesen que cualquier ayuda sería inútil o bien por que no tenían ningún deseo de ayudarlo.

Las teorías de la conspiración

Las memorias políticas del ministro de Asuntos Exteriores de Stalin, Vyacheslav Molotov, publicadas en 1993, afirman que Beria se había jactado ante Molotov de haber envenenado a Stalin, y en 2003, un grupo de historiadores estadounidenses y soviéticos anunciaron su conclusión de que aquella noche Stalin había ingerido warfarina, un potente raticida que diluye la sangre y provoca hemorragias y pará­lisis. Al ser insípida, la warfarina es un arma homicida ideal. Otras historias sostienen que a Stalin le había inyectado veneno el guardia Khrustalev, siguiendo órdenes de su superior, el jefe de seguridad de Stalin y del terrible NKVD (más tarde KGB), Laurenti Beria.

Pero ¿por qué querría Beria matar a Stalin? Una de las teorías afirma que Stalin fue asesinado porque Beria, Jrushov, Bulganin y Malenkov creían que Stalin estaba a punto de desatar una guerra nu­clear total contra Occidente. Stalin estaba convencido de que la URSS tenía mucho menos que perder que los prósperos Estados Unidos en el caso de una guerra nuclear. Asimismo, estaba a punto de iniciar una nueva oleada de purgas, en esta ocasión dirigida especialmente contra los médicos y otros profesionales judíos, como una primera provocación contra Estados Unidos.

Beria, como jefe de la policía se­creta, tenía supuestamente órdenes reservadas de iniciar las depor­taciones de judíos desde Moscú el 5 de marzo de 1953. Los conspira­dores, conscientes de que nadie podría sobrevivir a una guerra nuclear, decidieron actuar.

 

Conclusión

Aunque en general se acepta el hecho de que Beria desempeñó un papel fundamental en la planificación de la muerte de Stalin, retirando a sus guardias de seguridad, esta acción no le ayudó a alcanzar su objetivo úl­timo: reemplazar él mismo a Stalin. En los tres meses posteriores a la muerte de Stalin, se desarrolló una feroz lucha de poder entre Beria y Jrushov que acabó con la victoria de este último, quien asumió el poder en junio. Beria, mientras tanto, que debía hacerse cargo de la inestabili­dad que provocaban los anticomunistas en Alemania Oriental como jefe del KGB, fue acusado de traidor y de «trabajar para los británicos», arres­tado y ejecutado, convirtiéndose así Jrushov en el único sucesor de Stalin.

El pueblo soviético se enteró de la muerte de Stalin el 5 de marzo, cuando se anunció oficialmente que había muerto serenamente en su cama a las 9.50 horas. La gran mayoría lo veía como el «Tío José», el líder infalible y el vencedor en la guerra contra Hitler, y la gente se sumió en un dolor histérico. Millones de soviéticos acudieron a ver su cuerpo mientras estuvo exhibido en el Salón de las Columnas, a pocas manzanas de la plaza Roja, y aparentemente centenares de personas murieron aplastadas en el tumulto.

Parece demostrable que Stalin fue asesinado, peor las razones que se aducen y los culpables que se señalan son totalmente endebles. La razón última, como siempre, pudo estar en cualquier menudencia personal y no en razones de alta política.

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