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El intento de golpe de estado en los EEUU en 1934




El supuesto general golpista

El supuesto general golpista

En 1934, el periodista comunista John L. Spivak afirmó que financie­ros e industriales de Wall Street conspiraban para derrocar al presi­dente Franklin D. Roosevelt y reemplazarlo por una dictadura fas­cista, bajo el mando del general Smedley Butler.

Las teorías de la conspiración relativas a un golpe de Estado fascista habían estado circulando el año anterior después de un intento de asesinato de Roosevelt, del que escapó ileso pero que causó heridas mortales al al­calde de Chicago, Antón Cermak.

El asesino, Giuseppe Zangara, fue capturado y, al igual que sucedería con Lee Harvey Oswald tres dé­cadas más tarde, se decidió que se trataba de un «loco solitario».

Pero pronto se extendieron los rumores de que Zangara estaba a sueldo de la mafia o de una camarilla de financieros de Wall Street. La cons­piración para dar el golpe de Estado de 1934 fue visto como el segun­do intento de apartar del poder a Roosevelt.

La historia de Spivak, en el auténtico estilo de las conspiraciones, culpó de ese intento a las instituciones financieras judías, de las que afirmó que también esta­ban financiando el ascenso de Hitler en Alemania. Este elemento an­tisemita en su teoría no hizo más que suscitar dudas acerca de la ve­racidad de los otros detalles de la conspiración.

¿Pero de qué iba el asunto?

El general Smedley Butler era uno de los soldados más populares en Estados Unidos y uno de los más leales a su comandante en jefe, el presidente Roosevelt. Cuando Butler fue contactado por el abogado y simpatizante fascista Gerald MacGuire para que encabezara el gol­pe de Estado, decidió seguirle el juego para reunir más información acerca de quiénes eran los conspiradores.

Había tres millones de dó­lares disponibles para financiar la formación de un ejército terrorista; y la oscura camarilla que estaba detrás de la conspiración la forma­ban la corporación Du Pont, su empresa subsidiaria General Motors y la Banca Morgan de Wall Street.

El general Butler fue informado de que había más de un millón de personas que se unirían al golpe y que las armas y municiones serían suministradas por Remington, otra compañía subsidiaria de Du Pont. Con todos los datos de la enorme magnitud de la conspiración, el general Butler informó a la Casa Blanca.

La primera reacción del presidente Roosevelt fue arrestar a los líde­res de Du Pont y la Banca Morgan, pero había que considerar impor­tantes factores económicos.

Después del terrible crash bursátil de 1929, la economía de Estados Unidos había caído en una tremenda depresión: 1934 no era el momento más oportuno para hacer tamba­lear la frágil seguridad de Wall Street, destruyendo una de sus prin­cipales instituciones financieras, y Roosevelt no quería ser responsa­ble de provocar otro desastre en el mercado bursátil. De modo que el presidente tuvo que tomar otro camino para desactivar la conspi­ración. Utilizó la prensa.

Filtrando la historia y permitiendo que los periódicos especulasen acerca de la idea de un complot fascista ori­ginado en Wall Street, el presidente esperaba que se atenuasen las presiones para un golpe.

La prensa, en términos generales, encontró esta idea completamente absurda. Sin embargo, más tarde ese mis­mo año, una investigación de todo el asunto fue promovida por el comité de Actividades Antiamericanas del Congreso. Butler testificó acerca de la veracidad de las afirmaciones hechas en la prensa, y también fueron llamados a declarar los cabecillas de la conspiración. Ellos, naturalmente, negaron tener conocimiento de ninguna conspi­ración destinada a derrocar al presidente Roosevelt.

La investigación y su veredicto

La Cámara de Representantes tardó cuatro años en emitir su informe sobre el golpe de Estado, considerando que era un tiempo pruden­cial hasta que Wall Street se recuperase de su depresión económica. No obstante, el informe fue clasificado como de «circulación restrin­gida», y ponía en evidencia que el comité había conseguido verificar todas las declaraciones hechas por el general Butler durante la depo­sición de su testimonio: «Algunas personas realizaron un intento de establecer una organización fascista en este país».

A pesar de la enorme gravedad de la amenaza a la Constitución de Estados Unidos y a su presidente, no se presentaron cargos contra los presuntos responsables. Los pesos pesados de la industria y las finanzas pudieron continuar con sus negocios como de costumbre, sufriendo sólo la evidencia de que habían sido descubiertos y que ahora se habían hecho patentes sus simpatías por la Alemania nazi.

El hecho de que nadie acabase entre rejas alimentaría más tarde otras teorías de la conspiración.

 

Conclusión:

Esta es una de las conspiraciones sobre las que no tenemos una conclusión clara. Es posible que hubiese algo de cierto, pues la época era propicia para ello y las instituciones se lo tomaron en serio, pero también es muy probable que todo se haya exagerado de una manera tremenda, precisamente para ejemplificar con un caso falso lo que podría pasar si existiese una verdadera amenaza.

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