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La conspiración satánica del Rock and Roll (un bulo hermoso)




Simpatía por el diablo

Que el diablo acecha en cada esquina es bien sabido por todos aquellos que salieron a comprar tabaco y todavía no han vuelto. Pero que adopte la faz precisa de un disco y pueda salir de su círculo eterno para raptar voluntades es algo que sorprende por lo nuevo.

No analizaremos aquí si una doctrina que se expande es porque así lo quiere el cielo, como sostenía Confucio; simplemente apuntaremos que desde que los profetas aventuran que el hombre tiene otra misión en el mundo que brotar y languidecer como las plantas, la figura del demonio se hace tan necesaria como los espejos.

La sombra de Satanás y su afición por los disfraces está muy presente en la historia del cristianismo. Tal vez por ello, el Dhammapada recomiende, para obtener el liberación, sacudirse el doble yugo del Bien y del Mal. Desde otra atalaya, se designa con «tzimtsum» uno de los conceptos mayores de la Cábala. Al respecto, para que el mundo existiera, Dios, que era todo y estaba en todas partes, consintió en encogerse, en dejar un espacio vacío, que no estuviera habitado por él y fue precisamente en ese «agujero» donde se creó el mundo. Sin embargo, debió de distraerse en algún momento y permitir que el mal se colase, «imperfección» que llevaría a la humanidad en siglos posteriores a contemplar la existencia desde una doble óptica.

Pero nunca hasta ahora la debilidad de Belcebú por travestirse había alcanzado la sofisticación de los camaleones, como atestigua la leyenda que trataremos en este capítulo y que argumenta que cuando ciertos discos se escuchan en sentido inverso al original liberan mensajes satánicos.

Empezaremos, pues, por el final.

Gloria Trevi, la exuberante cantante mexicana, se encuentra en paradero desconocido. Se le recrimina ser una emisaria al maligno y «embrujar» a los cinco millones de adolescentes que compraron sus discos. En uno de ellos -Tu ángel de la guarda (1991)- un seguidor de la cantante escuchó el vinilo al revés y oyó un mensaje nítido y perverso: «¡Castigado!», «¡Lo hicistes mal!», «¡Debes obedecer!». Los susurros diábolicos correspondían a un hombre y una mujer que daban ordenes y regañaban. Otro tanto sucedía en la balada «Mañana» incluida en el LP Qué hago aquí (1994) que, al reproducirse en sentido inverso, desvelaba otro mensaje demoníaco: «Hoy por sexo te das».

Según informaba la prensa mexicana en agosto de 1999, el muchacho que descubrió el infame karaoke del que se servía Trevi para reclutar a sus acólitos, obró movido por «la casualidad, el juego o la curiosidad». A decir verdad, al menos la hipótesis de la casualidad puede descartarse de plano.

Desde comienzos del siglo XX, adalides de la recta moral vienen pregonando que Satán, Lucifer, Belcebú y Mefistófeles utilizan el rock para captar a nuevos adeptos. Al menos disponemos de una decena de libros que así lo atestiguan e incluso de una casete editada por Golden Temple que recoge los grandes hits en materia satánica. En lo más alto del ranking destaca con oscuridad propia el Himno al Imperio Satanico, de Anton La Vey, una arenga demoníaca con timbales y campanas invertidas que evoca vagamente al grupo californiano The Residents, mientras que el segundo puesto de la lista lo ocupa por derecho propio Power, un monólogo gutural del conocido brujo Aleister Crowley al que acompaña un piano de ultratumba.

A pesar de que en el siglo XIX el compositor Nicolo Paganini fue acusado de vender su violín al diablo, el auténtico interés de Satanás por la música se remonta a 1911, cuando nace fruto de una relación ilegítima Robert Lee Johnson, el que luego será considerado el inventor del blues.

En los polvorientos cruces de caminos rurales que bordean arrozales y plantaciones de algodón

– indica Jota Martínez Galiana en Satanismo y brujería en el rock-, recios jornaleros negros cantan los espirituales aprendidos de sus antepasados para hacer más llevadero su trabajo bajo el sol. Allí, rodeado de lóbregos pantanos, aprende a tocar la guitarra Robert Johnson. Su estilo es tan excitante que pronto su fama llega hasta Willie Brown y Son House, dos reputados bluesmen para lo que toca en 1932. Al oírlo por primera vez House exclama: «Ha debido vender el alma al diablo para tocar de esa manera».

Nace así la leyenda de Robert Johnson que él mismo tiene a gala propagar al componer Me and the Devil blues («Blues de mí y del diablo»). La canción, muy explícita, comienza así: «Esta mañana, temprano, llamaste a mi puerta y yo dije “Hola, Satán, creo que es hora de irse”», para concluir con «Voy a pegarle a mi mujer hasta quedar satisfecho ».

Según corre de boca a oreja, Johnson se cita con Belcebú en un cruce de caminos y sella a medianoche un curioso pacto: tocar la guitarra como nadie a cambio de difundir entre la juventud el ideario de Lucifer: alcohol, juegos y mujeres de mala reputación.

Robert Johnson cumple con creces las expectativas de Satán -sobre todo en lo relativo al alcohol-, sin que éste, tal vez celoso de su discípulo, haga nada por evitar su muerte a la edad de 27 años. No obstante, consigue que algunos adolescentes blancos se interesen por su música y olviden los azucarados aleluyas de los pastores anglicanos. El triunfo de la Bestia está ya cercano: el rock and roll, «el blues de los blancos», va a llevar muy pronto a que se cumpla un viejo dicho: «En cuanto uno empieza a desear cae bajo la jurisdicción del demonio».

Pero tal vez convenga remontarse a siglos anteriores y observar cuál había sido la vida del diablo hasta su repentina pasión por el baile. Mientras en la Biblia las referencias al infierno remiten a un lugar fisico, en el Nuevo Testamento el averno comienza a relacionarse con un estado mental de los pecadores. Los griegos, por ejemplo, llamaban Hades a un reino subterráneo gobernado por un rey del mismo nombre, al que era condenado el espíritu del pecador. Este, después de ser juzgado por Minos, Eaco y Radamanto, debía cruzar el río Estigia en la barca del viejo Caronte con un óbolo en la boca, en un viaje hasta un tormento sin fin.

A su vez, los romanos situaban al infierno debajo del lago Averno, en la campiña de Roma, donde debido a los pestilentes vapores, los pájaros que sobrevolaban el paraje caían muertos en el acto.

Según el Diccionario de Mitología de J. F. Noël, el purgatorio romano estaba dividido en siete reinos subterráneos: «El primero encerraba a los niños muertos antes de nacer, el segundo a los condenados a muerte. El tercero a los suicidas. El cuarto, llamado Campo de Lágrimas, a los amantes perjuros y a los amantes desgraciados. El quinto a los héroes cuya crueldad había oscurecido el valor, como Tydeo, Partenopeo y Adrasto. El sexto era el Tártaro y el séptimo era, en fin, los Campos Elíseos».

Pero más importante que conocer el emplazamiento exacto del reino del Príncipe de las Tinieblas, tal vez sea averiguar cuándo su «ideología» ejerce mayor atracción en sus pupilos.

La Edad Media es, en este sentido, un período clave. Por aquel entonces la Iglesia y el Estado procrean por doquier demonios imaginarios con forma humana. Tras aplastar todas las herejías existentes, la Santa Inquisición inventa una nueva herejía con una base tan amplia que el suministro de víctimas se torne inagotable: los brujos y las brujas, seres, en apariencia normales, que satisfacen las pasiones profundas que descuida una sociedad austera.

Es entonces cuando más crece el culto al demonio, tal vez como un resentimiento inconsciente contra el cristianismo por ser una religión tan estricta o contra Cristo por ser un conductor tan rígido.

El caso es que el diablo comienza a convertirse en un estandarte de libertad para los desposeídos, para todos aquellos que discrepan de un Dios sanguinario e inmisericorde.

Salvando las distancias -que son muchas-, algo parecido puede decirse del momento histórico en que el rock sella su alianza con Satán. La acción trascurrre en el deep South -en el profundo surestadounidense, en Tennessee, Arkansas y Alabama, lugares en los que se predica con un Colt 45 y una pala. Al margen de diferencias formales -los inquisidores ahora llevan sombrero de ala ancha y camisa a cuadros, en lugar de sotana y crucifijo-, el aprecio por los usos y costumbres del medievo goza aquí de temible jurisdicción.

A pesar de que durante esta investigación hemos recibido testimonios de toda España en los que se nos informa que si se escucha un disco en sentido inverso se corre el peligro de sufrir la verborrea de Belcebú -y más si uno se tropieza con grupos como The Cramps, Led Zeppelin o Black Sabbath- el origen de esta leyenda urbana es genuinamente norteamericano.

Tanto es así que, desde un punto de vista estrictamente antropológico, la principal aportación de Gloria Trevi a esta larga saga de nombres ilustres -Beatles, Rolling Stones e incluso los propios Eagles, aunque parezca increíble- es que el Maligno por primera vez en la historia del rock satánico se digna a cantar en español.

La única objeción -y que nos excuse- es que no se le entiende nada. Pero para explicar por qué Satanás canta tan endiabladamente mal que no hay dos personas en el mundo que oigan el mismo mensaje -salvo que estén realmente poseídas- hay que referirse a dos fenómenos anteriores: los bifrontes y la publicidad subliminal.

Según explica Màrius Serra en su Manual d’enigmística, se denomina bifronte -«que tiene dos caras»- a una palabra o frase que puede leerse en ambos sentidos con significado pleno. Cuando ambas lecturas coinciden el bifronte es también un palíndromo. Al respecto, el ejemplo más manido de bifronte es el que relaciona la capital italiana con el sentimiento más deseado -Roma/amor.

El origen del bifronte se remonta al siglo VI a. de C. cuando Sótades, un poeta cortesano que vivió en la época de la Biblioteca de Alejandría y, por lo demás, casado incestuosamente con su hermana Arsinoe, nos legó -más a través de las referencias de ciertos autores, caso de Plutarco, que de la obra propia, de la que no hay testimonios- la leyenda de que fue el inventor de los versos retrógrados o sotádicos.

Según nos ha llegado, Sótades escribía versos al rey Ptolomeo Filadelf que cuando se recitaban de izquierda a derecha eran laudatorios, pero que en sentido contrario encubrían chanzas y comentarios satíricos. Al apercibirse de ello, el rey Ptolomeo, que no se caracterizaba por su sentido del humor, encerró a Sótades en un cofre de bronce y sin mayor dilación, lo lanzó al mar Egeo.

Tal vez Sótades tuviera algo que ver con que durante la Edad Media el diablo pasara a recibir el nombre de Deus Inversus. Como anotaría René Laban al escribir en 1985 Música rock y satanismo, un oscuro manual que se cerraba con un dibujo de Albert Einstein sacando la lengua y la pregunta «¿Hemos hecho la obra del diablo?», esto aclararía que artistas como Nina Hagen irrumpan en el escenario con cruces invertidas o que el nombre de Black Sabbath se lea en algunos grafritis en sentido cambiado.

No sin razón -explicaba Laban- la expresión free yourself -¡líbérate!- aparece en un gran número de temas de música rock. Nos encontramos, pues, con lo que pudiéramos calificar como el «reverso» del materialismo, de su consecuencia lógica y previsible a la vez que su complemento y consumación: la desintegración que, a todos los niveles, vivimos desde 1945.

Satán, cualquiera que sea la forma que pueda revestir, no es sino la resolución metafísica del espíritu de la negación y de la subversión, por una parte, y, por otra -continuaba un Laban extasiado-, lo que encarna en el mundo terrestre a lo que conocemos como «contra-iniciación» y que conduce forzosamente a lo infrahumano. Sí en la iniciación se trasmite una semilla de luz, en la «contra-iniciación» lo que se siembran son tinieblas.

Esta oscura labranza tiene su principal granero en la adolescencia, tal y como denota la leyenda que nos envía Marta Costa desde Bellaterra (Barcelona): Si a las doce de una noche de luna llena rezas un Padrenuestro al revés y pones la mano debajo del colchón el diablo te la coge.

Por lo que se refiere a la publicidad subliminal, su repercusión en la mala dicción de Satanás no admite lugar a dudas. Su primer apóstol es James Vicary; un psicólogo que adopta el término para referirse a ciertos estímulos que funcionan por debajo del umbral consciente de percepción.

Según cuenta Vance Packard en su obra The Hidden Persuaders, Vicary lleva a cabo en 1950 varios experimentos sobre los hábitos de compra de los norteamericanos, en un momento en que los supermercados comienzan a introducir el régimen de autoservicio.

Pues bien, Vicary descubre que el índice de parpadeos de las mujeres desciende significativamente en los supermercados. También que la «primavera psicológica» dura el doble que el «invierno psicológico» e incluso que la experiencia de una mujer preparando un pastel guarda un raro parecido

– que no abordaremos aquí- con el momento del parto.

Como es de suponer, los desvelos de Vicary pasan completamente inadvertidos hasta que en el verano de 1957 apadrina un experimento en el cine Ft. Lee de Nueva Jersey. Se trata de colocar un taquiscopio en la cabina de proyección y de ir insertando dos mensajes cada cinco segundos mientras se proyecta la película Picnic. Los fotogramas sólo son visibles durante una tresmilésima de segundo y actúan muy por debajo de la percepción consciente del público. Las sugerencias imperceptibles se resumen en dos: «Bebe Coca-Cola» y «¿Tienes hambre? Come palomitas». Sorprendentemente, Vicary registra un aumento del 18,1 % en el consumo de la bebida refrescante y un 57,8 % en el de palomitas de maíz, con lo que algunos consumidores comienzan a reparar en que tal vez se les está incitando a comprar artículos no deseados.

Durante más de cuarenta años se mantiene esta leyenda. Tanto es así, que la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos prohíbe en 1974 la publicidad subliminal en radio y televisión, muy a pesar de que ningún estudio posterior a 1957 puede ratificar su eficacia.

Por aquel entonces James Vicary está a punto de ser acusado de falsedad. Ocurre cuando el presidente de la Asociación de Psicólogos, el doctor Henry Lynk, lo desafia a repetir el experimento y descubre que no se aprecia ningún incremento sustancial en las ventas de Coca-Cola y de palomitas.

Humillado, Vicary confiesa haber falsificado los resultados.

El relevo de Vicary lo toma Wilson B. Key que reemprende sus desvelos allí donde éste los había dejado. En Seducción subliminal Key argumenta que los anuncios modernos están repletos de mensajes y símbolos ocultos que sólo él es capaz de discernir.

Pero por entonces, la cuestión ya es otra. Tal y como aprecia en The Hidden Persuaders Vance Packard: Los publicistas utilizaban mensajes subliminales en los anuncios porque los empresarios se lo creían… y les pagaban bien por eso. Otra cosa, claro está, era su eficacia, nula por completo.

Muy pronto la publicidad subliminal empieza a ser utilizada por algunos artistas de rock, máxime después de que un pastor protestante californiano, Gary Greenwald, que en su juventud había sido músico, descubra que sus antiguos colegas recurren a una técnica conocida por backward masking para trasmitir «órdenes hipnóticas» a los jóvenes.

Predicadores de diversos estados de Norteamérica -en especial, pastores protestantes de Georgiacomienzan a escuchar en sentido inverso a grupos sospechosos y desatan una fiebre fundamentalista que lleva a la hoguera a grupos como los Beatles y los Rolling Stones. Mientras los discos arden en una enorme pila, un ser, sin duda demoníaco y normalmente con flequillo, incita a las masas, micrófono en mano, a exhumar a «los santos de Satán».

Las hogueras de los fundamentalistas cristianos alcanzan tal virulencia en 1966 que Joseph Viglione, alias The Count, un cantante de rock bostoniano y cristiano practicante, llega a sugerir a sus correligionarios que, en lugar de dedicar sus vidas a descubrir mensajes satánicos grabados al revés, «empleen su tiempo en quehaceres más cristianos».

No obstante, la furia incendiaria de los puritanos responde a causas más profundas. Desde 1960 el viejo orden parece venirse abajo. Los hippies y su flower power, la filosofia beatnik deJack Kerouac, William S. Burroughs, Allen Ginsberg y otros «popes» de la contracultura, el naturalismo del folk, las drogas psicodélicas como vía de conocimiento, el interés por las culturas primitivas y orientales y la búsqueda de un mundo en paz, ponen en pie de guerra a los puritanos -muy especialmente en Norteamérica-, algunos de los cuales ven ya definitivamente la mano de Belcebú cuando Anton La Vey funda en noviembre de 1968 en Los Ángeles la primera iglesia satánica reconocida oficialmente.

En este contexto, los Beatles publican en 1969 su White Album (Álbum blanco). Misteriosamente se desata el rumor de que Paul McCartney ha muerto en un accidente de tráfico, tal y como informa el Northern Star, un periódico de la Universidad de Illinois, y que el cuarteto de Liverpool lo viene sustituyendo por un doble -William Campbell- desde 1966.

Los seguidores del grupo no saben a qué atenerse, máxime cuando comienzan a descubrir misteriosas pistas en los discos. Por lo que respecta a las canciones, al final de Strawberry Fields Forever («Campos de fresas para siempre») (1966), muchos creen oír a John Lennon susurrando 1 buried Paul -Yo enterré a Paul-, mientras que el guitarrista repite una y mil veces que lo que dijo fue «cranberry sauce» -salsa de arándanos. En Revolution n0 9 («Revolución número 9») (1968) una voz repite insistentemente «Number nine, number nine». Si se escucha este segmento hacia atrás lo que se oye es «Turn me on, dead man» -«Ponme a tono, hombre muerto» «Si es extraña esa coincidencia -explica Jota Martínez Galiana en Satanismo y brujeria en el rock, a buen seguro el estudio más completo publicado en España-, aún más da que pensar lo que ocurre en el mismo álbum entre el final de I’m so tired («Estoy tan cansado») y el inicio de Black Bird («Pájaro negro»). Lennon balbucea unas sílabas sin sentido que, escuchadas hacia atrás, forman aproximadamente la frase: Paul is dead, miss him, miss him («Paul ha muerto, echadle de menos, echadle de menos»).

Los que defienden la integridad fisica de Paul, se aprestan a señalar que esas «sílabas sin sentido» son en realidad una frase: Monsieur, monsieur, let’s have another one («Señor, señor, tomemos otra») y que sólo cuando se escucha al revés se convierte en un balbuceo ininteligible.

Por lo que concierne a las portadas de los Beatles, las pistas son, si cabe, más desconcertantes. En Abbey Road -donde se observa en una foto a los cuatro Beatles cruzando dicha calle por un paso de cebra- Paul aparece sin zapatos -en los rituales del Tíbet, muy de moda por aquella época, los muertos andaban descalzos- y es el único de los cuatro que camina con el paso cambiado y los ojos cerrados.

Además, aunque es zurdo, va fumando con la mano derecha. Por si fuera poco, los cuatro chicos de Liverpool van vestidos de un color y parecen representar la escena de un entierro: John, de blanco, es el predicador; Ringo, de negro, el enterrador; George, con camisa vaquera, es el sepulturero. Ni que decir tiene que Paul es el muerto… Para más inri, la matrícula del coche estacionado en la calle tiene la combinación «28 IF», es decir, precisamente la edad que tendría Paul McCartney si estuviese vivo -en inglés la conjunción condicional if significa si.

En Sergeant Pepper’s sobre la cabeza de Paul aparece una mano -que en algunas religiones orientales simboliza la muerte-, el instrumento que sostiene Paul es negro, mientras que en la contraportada éste luce en un brazo una banda negra con las letras OPD, siglas que en Canadá significan Officially Pronounced Dead («Declarado Oficialmente Muerto»), por más que los Beatles sostuvieran que en realidad hacían referencia al Ontario Police Department («Departamento de Policía de Ontario») iniciales que los cuatro Beatles enarbolaron al efectuar su gira por Estados Unidos en 1965.

Para acabar de rematarlo, en la abigarrada portada del disco, puede observarse la cabeza de Aleister Crowley, el brujo más famoso de todos los tiempos -y del que ya hablamos antes- y que fue referencia obligada para muchos grupos británicos.

En total, los fans de los Beatles llegan a descubrir más de cien pistas distintas que refrendan que Paul, efectivamente, ha fallecido al saltarse un semáforo en 1966 y que un doble usurpa su puesto.

Tanto es así que cuando Paul McCartney aparece tiempo después en la revista Life para desmentir el rumor, éste, lejos de dejar de circular, se recrudece. Se trata del doble. Una conclusión aparentemente lógica si se observaba que al dorso de la página en la que aparecía la foto de McCartney, se publicaba el anuncio de un coche, cuya imagen parecía cortarle la cabeza al mirarse a contraluz.

Pero si entre los seguidores de los Beatles habían dos facciones enfrentadas -¿Cómo puede haber compuesto William Campbell Let it be?, se preguntaban los seguidores leales-, los fundamentalistas cristianos lo tenían del todo claro: vivo o muerto Paul McCartney, los Beatles eran un juguete roto en manos de Satanás.

Una de las principales razones de la animadversión de los cristianos fundamentalístas hacia el rock

– explica Jota Martínez- estriba en el hecho de que los jóvenes mitifiquen e idolatren a las estrellas de la música popular, ya que, para ellos, la única persona que merece ser adorada es Jesucristo. Al fin y al cabo, ¿no se comportaron los fans de The Beatles como los apóstoles intentando resucitar a su mesías muerto?

Si a ello unimos que esos mismos jóvenes que escuchaban rock and roll eran los mismos que faltaban a misa los domingos, se comprenderá que los integristas religiosos recurrieran a la figura del coco -llámese Belcebú- para convencer a sus feligreses.

Por no aburrir a los lectores, diremos que desde los Beatles hasta Gloria Trevi un sinfín de grupos han sido acusados de servir al diablo y que, sólo algunos de ellos, han incluido ex profeso mensajes sotádicos, más para aumentar las ventas que por una verdadera cofradía con el diablo.

Por citar sólo a los más destacados, los Rolling Stones publicaron varios discos en los que dieron a entender, por las dudas, en qué bando querían formar. Their Satanic Majesties Request («La llamada de sus Satánicas Majestades») y Goat’s Head Soup («Sopa de cabeza de cabra»), dan pistas al respecto, mismo caso que Sympathy for the Devil («Simpatía por el diablo»), un tema que algunos consideran el himno oficioso de Satanás y que le valió a Jagger el apodo de «El Lucifer del rock».

En lo que respecta a Led Zeppelin, Jimmy Page, guitarrista de la banda, sentía una fascinación casi enfermiza por Aleister Crowley, el brujo más carismático desde la Edad Media. Nacido en 1875 en el seno de una secta irlandesa para la cual la lectura diaria de la Biblia era obligada, Crowley dio desde su tierna infancia buenas pruebas de su naturaleza malvada: para comprobar si era cierto que los gatos tenían siete vidas, intentó matar a uno de siete formas diferentes. A la edad de veinte años, su propia madre lo bautizó como La Bestia, apodo que él adoptó encantado añadiéndole el número 666.

Muchos exégetas -indica Martin Gardner en «La Nueva Era»- han intentado descifrar el misterioso número. La mayoría cree que es una cifra que vale por un nombre. Este tipo de juego matemático era muy popular entre los griegos y los hebreos, que usaban letras del alfabeto como números en la época en la que el Apocalipsis fue escrito, en el primer siglo después de Cristo. El nombre más probable es el del tiránico emperador Nerón. Como la traslación del nombre se hace a partir del griego, Nerón César se representa en hebreo como Nron Ksr, cuyas letras tienen estos valores numéricos: n=50, r=200, o=6, n=50, k=100, s=60, r=200. Sumados, hacen un total de 666.

Detrás de esta operación arimética se encuentra la fama satánica de la pirámide del Louvre de París. Situada en el antiguo meridiano cero, sus 666 paneles de cristal le han hecho merecedora de todo tipo de comentarios.

Pues bien, La Bestia 666 ingresa en 1898 en la sociedad mágica Golden Dawn -que guarda un asombroso parecido con el sello discográfico que apadrina los grandes hits satánicos- y comienza a apostar por una mezcla de magia blanca y negra, de Cábala y Hermética, todo ello aderezado con lo más granado de las tradiciones hindú, budista y taoísta, además de diversos rituales satánicos y sexuales, unos de cosecha propia y otros tomados del mago Abra-Melin. Así, Aleister Crowley desarrolla el Iluminismo Científico o Misticismo Escéptico, que más tarde denominaría «Magick», «la ciencia y el arte de causar el cambio en conformidad con el deseo».

Pero no será hasta 1904 cuando Crowley dé al mundo su obra más notable: El libro de la Ley que instituye un nuevo principio para la humanidad: «Hacer lo que se quiera será toda Ley».

No es de extrañar, pues, el éxito que cosecha La Bestia 666 -y posteriormente Anton la Vey- entre los grupos roqueros más viscerales, y nunca mejor dicho, con consignas del tipo: «Todo hombre y toda mujer es una estrella», «No hay más dios que el hombre» «El hombre tiene derecho a pensar lo que desee; a hablar lo que desee; a escribir lo que desee; a dibujar, pintar, esculpir, a grabar al agua fuerte, a moldear, a construir como desee; a vestir como desee», «El hombre tiene el derecho de matar a aquellos que puedan frustrar estos deseos», «El amor es la ley. Ama bajo el deseo».

En una época de cambio, donde los jóvenes ya no admitían como antaño la autoridad paterna y la rígida moral puritana, los conjuntos que adoptaron este mensaje se convirtieron para muchos jóvenes en pregoneros de una nueva era donde el fondo era más importante que la forma.

Desde entonces, desde la satánica Escalera al Cielo de Led Zeppelin o la estética descaradamente canalla de Black Sabbath, muchos otros grupos -Marilyn Manson, Slayer, Judas Priest, etc.- han conducido a Satanás hasta el final del milenio, renovando, de paso, su estilo musical. El mensaje de todos ellos es bien explícito: si vosotros tenéis el orden, las Iglesias, la familia, el trabajo y la policía, nosotros tenemos a Satán.

Pero que nadie piense que ese debate se limita a la música. En la ultraconservadora sociedad norteamericana, numerosas empresas han tenido que enfrentarse desde 1978 a rumores intencionados que sugieren que gran parte de su capital está en manos de la secta Moon, que es como decir del demonio.

Entre las más citadas figuran Procter and Gamble -el primer fabricante mundial de productos de limpieza como Ariel, Pamperss, Bonux, etc.-, MacDonald’s, el número uno de las hamburguesas, y Entemann’s, un gigante de la producción alimentaria.

Como sucediera con Robert Lee Johnson y los Beatles, al final se pudo dar con el origen de estos rumores. Se trataba de los pastores de las comunidades religiosas fundamentalistas del sur de Estados Unidos, asentadas en una región conocida como Bible Belt -el «cinturón bíblico».

Así, el logotipo de la sociedad Procter and Gamble representa el rostro de un anciano con aspecto de Júpiter en forma de luna creciente que mira hacia las trece estrellas -en recuerdo de las trece primeras colonias norteamericanas. Al principio se dijo que la luna era una alusión evidente a la secta Moon -luna- y a su fundador,el Anticristo en persona. Más tarde, los rumores se cebaron sobre otros aspectos del logotipo todavía más reveladores: las estrellas dibujaban, supuestamente, la cifra 666, es decir, la cifra de Satán según la interpretación de un verso del capitulo trece del Libro de la Revelación: El Anticristo hace que todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, reciban una marca en la mano derecha o en la frente, y que nadie pueda comprar nada ni vender, sino el que lleve la marca con el nombre de la Bestia o con la cifra de su nombre.

En abril de 1985, con la intención de poner fin a tan persistente rumor, Procter and Gamble decidió retirar el logotipo del embalaje de sus productos, por mucho que éste hubiera figurado en ellos desde un siglo antes, cuando naciera esta empresa, por lo demás, profundamente conservadora.

Como aprecia muy atinadamente Jean-Noël Kapferer, «al igual que sucedía en la Edad Media, la Iglesia se ha convertido en la canalizadora de los rumores, los cuales se sustentan además en la interpretación de unos signos que permanecen ocultos a los ojos de los que no son expertos».

De ahí que los obispos mexicanos José Melgoza yJosé Aguilera declararan el 8 de agosto de 1999 que Gloria Trevi, la cantante con la que se abría esta leyenda, era nada menos que una emisaria del demonio e incluía «mensajes insanos» en sus canciones cuando se escuchaban al revés.

Toda una «revelación» como para plantearse, mal que nos pese, si el bueno de esta película no será precisamente Satán…

 

Conclusión: Tras el magnífico artículo de Antonio Ortí, reproducido arriba, creemos que sólo hay una conclusión posible: los experto en márketing inventan lo que pueden.  Y siempre hay algún chiflado que les sigue la corriente, por supuesto. Porque esa es otra…

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