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La maldición de Tutankamón. Un cuento útil (y una montaña de casualidades)




Tutankamon

Las conspiraciones demostradamente veraces no son tantas, y ya hemos abordado algunas en este blog, así que hoy nos apetece empezar a hablar de conspiraciones falsas, o simples relatos de ficción. De entre todas estas, que son legión, una de las más atractivas es la de la maldición de Tutankamón, que tan útil ha resultado para popularizar la arqueología en general y la egiptología en particular.

Y es que las tonterías es lo que tienen: que a veces resultan muy útiles y sus resultados reales son positivos, aunque por caminos torcidos.

Vamos a hacer un recorrido por el tema:

A finales del siglo XIX y principios del siglo XX la mayor parte de la historia del antiguo Egipto era desconocida y se consideraba una especie de curiosidad a la que muy pocos prestaban atención. Los únicos faraones conocidos eran los mencionados pro la Biblia, y poco más…

Respecto a sus tumbas, se conocían sólo las pirámides, que solo se usaron en el Antiguo Egipto entre las dinastías III (2650 a. C.) y XIII (1750 a. C.), pero las grandes tumbas decoradas posteriores a la dinastía XVIII (1300 a. C.) eran prácticamente desconocidas en Occidente.

La tumba de Tutankamón, perteneciente a la dinastía XVIII permaneció oculta durante más de tres mil años. De hecho,lo ladrones de tumbas de las dinastía XIX y XX incluso llegaron a construir algunas cabañas encima de la tumba sin sospechar de su existencia.

A principios del siglo XIX, y debido al triunfo de las corrientes románticas y conservacionistas, se produjo un gran boom de la arqueología. Se puede decir que empieza aaquí la época d elas grandes excavaciones, con logros como el descubrimiento de Troya por parte de Schliemann. El procedimiento era siempre el mismo: bucear en lso textos antiguos para obtener datos de los emplazamientos y tener la credulidad, o la fe suficientes, para convencerse de que no se trataba de simple cuentos, como hizo Schliemann con el caso de Troya.

Por este sistema, y a principios de los años 20 (del siglo pasado), el egiptólogo Howard Carter descubrió la existencia de un faraón de la XVIII dinastía hasta entonces desconocido, y convenció a Lord Carnarvon para que financiase la búsqueda de la tumba que se suponía intacta en el Valle de los Reyes. El 4 de noviembre de 1922 se descubrieron los escalones que descendían hasta una puerta que aún mantenía los sellos originales. El 26 de noviembre, en presencia de la familia de Lord Carnarvon, se hizo el famoso agujero en la parte superior de la puerta por el que Carter introdujo una vela y vio según sus palabras «cosas maravillosas». La tumba, luego catalogada como KV62, resultó ser la del faraón Tutankamón y es la mejor conservada de todas las tumbas faraónicas. Permaneció prácticamente intacta hasta nuestros días hasta el punto que cuando Carter entró por primera vez en la tumba, incluso pudo fotografiar unas flores secas de dos mil años atrás que se desintegraron en seguida. Después de catalogar todos los tesoros de las cámaras anteriores, Carter llegó a la cámara real donde descansaba el sarcófago del faraón desde hacía tres mil años.

Hasta aquí los hechos históricos, que hemos resumido echando mano de Espasa y Wikipedia.

Pero entonces empezaron a morir personas que habían visitado la tumba y la imaginación se desató.

En marzo de 1923, cuatro meses después de abrir la tumba, Lord Carnarvon fue picado por un mosquito y poco después se cortó la picadura mientras se afeitaba. En unos días enfermaba gravemente y fue trasladado a El Cairo. Aunque los médicos pudieron detenerle la infección que había empezado a extenderse por el cuerpo, una neumonía atacó mortalmente a Lord Carnarvon, que murió la noche del 4 de abril. Se cuenta que a la misma hora de la muerte, el perro de Lord Carnarvon aulló y cayó fulminado en Londres. Además, cuando Lord Carnarvon murió, en el Cairo hubo un gran apagón que dejo a oscuras la ciudad.

Con esto era más que suficiente para que la prensa sensacionalista de la época, bastante parecida a la que hoy padecemos, empezase a hablar de maldiciones. Ciertamente, Lord Carnavon fue víctima de una serie de asuntos desafortunados, pero eso es lo único que se puede afuirmar objetivamente y es algo que la estadística contempla como perfectamente posible.

Entre las invenciones de la prensa, una de las más famosas es la frase que dijeron estaba escrita en la tumba del faraón: «la muerte vendrá sobre alas ligeras al que estorbe la paz del faraón».

En realidad, esta frase nunca figuró en las minuciosas notas de Carter y el muro fue derribado para entrar en la tumba, por lo que era el sitio ideal para atribuir la frase, ya que no podía comprobarse luego.

Lo cierto y objetivo, es que después, en poco tiempo, hubo unas cuantas muertes más, y esto ayudó a que la leyenda se propagase y ganara fuerza:

El hermano de Lord Carnavon, Audrey Herbert, que estuvo presente en la apertura de la cámara real, murió inexplicablemente en cuanto volvió a Londres. Arthur Mace, el hombre que dio el último golpe al muro, para entrar en la cámara real, murió en El Cairo poco después, sin ninguna explicación médica. Sir Douglas Reid, que radiografió la momia de Tutankamon, enfermó y volvió a Suiza donde murió dos meses después. La secretaria de Carter murió de un ataque al corazón, y su padre se suicidó al enterarse de la noticia. Y un profesor canadiense que estudió la tumba con Carter murió de un ataque cerebral al volver a El Cairo.

A esto hay que añadir otro hecho, que encantó a los periodistas: al proceder a la autopsia de la momia se encontró que justo donde el mosquito había picado a Lord Carnarvon, Tutankamón tenía una herida.  De hecho, se publicaron noticias en aquel momento afirmando que los médicos participantes en la autopsia también habían muerto cuando lo cierto es que todos ellos, excepto el radiólogo, murieron muchos años después.

Durante un tiempo se olvidó el asunto, pero la maldición reaparece En las décadas de 1960 y 1970 las piezas del Museo Egipcio de El Cairo se trasladaron a varias exposiciones temporales organizadas en museos europeos. Los directores del museo de entonces murieron poco después de aprobar los traslados, y los periódicos ingleses también extendieron la maldición sobre algunos accidentes menores que sufrieron los tripulantes del avión que llevó las piezas a Londres.

La última víctima atribuida a la maldición fue Ian McShane: durante la filmación de la película en los años ochenta sobre la maldición, su coche se salió de la carretera y se rompió gravemente una de las piernas.

 

Conclusión:

Para dar más brillo al suceso, resultó que algunos personajes del mundo de la cultura, como Sir Arthur Conan Doyle se declaró creyente en la maldición, la escritora Marie Corelli afirmó tener un manuscrito árabe que hablaba de la maldición y el arqueólogo Arthur Wiegall publicó oportunamente un libro sobre la maldición de los faraones.

Por tanto, nos parece obvio que la maldición venía muy bien para vender periódicos y también para poner de moda ciertos estilos literarios a punto de agotarse.

Como la casualidad puede llevarse a cualquier lado que se quiera, pues siempre hay hechos casuales que se pueden mostrar como explicaciones racionales, vamos a los datos objetivos:

De las 58 personas que estuvieron presentes cuando la tumba y el sarcófago de Tutankamón fueron abiertos, sólo ocho murieron en los siguientes doce años. Todos los demás vivieron más tiempo, incluyendo al propio Howard Carter, que murió en 1939

El médico que hizo la autopsia a la momia de Tutankamon vivió hasta los 75 años.

La maldición, pupularizada en el cine y la literatura, sirvió para incrementar el interés popular por la egiptología y la arqueología en general, lo que ha ayudado a recabar fondos para otras excavaciones y para la conservación del patrimonio.

En ese sentido, estábamos tentados de apoyarla, pero no podemos hacer tal cosa. Una pena.

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