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El posible asesinato de Juan Pablo I. Un análisis

JUAN PABLO I Nacido en 1912, Forno de Canale, Italia Fallecido en 1978, Roma, Italia

Cuando Juan Pablo I, nacido Albino Luciani, fue encontrado muerto en su cama el 26 de agosto de 1978, había ejercido como papa tan sólo treinta y tres días. Los rumores comenzaron a circular inmediata­mente en el sentido de que su muerte no sólo había sido prematura, sino también sospechosa. Y comenzaron también las preguntas sobre quién salía beneficiado.

Juan Pablo I es recordado por su humildad y cordialidad, unas cualidades que, en esa época, no estaban demasiado asociadas a los pontífices, pero aún quedan dudas de que su muerte podría no ha­ber sido natural, unas dudas que no han sido disipadas por una serie de mentiras inexplicables, torpes y fácilmente refutadas que hicieron circular los protavoces del Vaticano después de su muerte.

Juan Pablo I también había chocado con el aparato Vaticano cuando se produjo la venta en Venecia de un banco subsidiario de la Iglesia algunos años antes, y un gran escándalo se estaba cociendo alrededor de esa organiza­ción, que se remontaba hasta la segunda guerra mundial. El escánda­lo se relacionaba con el lavado de dinero confiscado por los nazis a las víctimas del Holocausto y al establecimiento, una vez terminada la guerra, de una ruta de escape a través de la cual oficiales de alto rango de las SS y otros criminales de guerra consiguieron huir con sus fortunas a América del Sur. También se decía que el banco tenía vínculos más recientes con el crimen organizado. Otras tensiones se habían generado entre bastidores después de que Juan Pablo I consi­derase abiertamente la posibilidad de flexibilizar la posición de la Iglesia católica en materia de contracepción, después de haberse reu­nido con delegados de las Naciones Unidas para hablar de la pobla­ción mundial.

La teoría de la conspiración

La sugerencia fue que una alianza entre los elementos institucional­mente corruptos y los ultraconservadores pudo crear suficiente pre­sión, y también proporcionar los medios, para que el flamante papa fuese asesinado en su cama antes de que pudiese despedir a altos funcionarios del Vaticano por corrupción en el Banco Vaticano. Al mismo tiempo, la Iglesia se habría librado de un reformista potencial en la delicada cuestión del control de la natalidad. Se trataba por tanto de una combinación de fanatismo religioso e intereses económicos que, dados los antecedentes, no parecía inverosímil.

Las pruebas

El Vaticano afirmó en su día que el cuerpo sin vida de Juan Pablo I fue encontrado por el secretario papal, John Magee, cuando, en reali­dad, quien lo encontró fue una monja del servicio del pontífice, la hermana Vincenza, quien le llevaba una taza de café. Se emitió una hora falsa de su muerte. Se dijo que sus objetos personales, incluidas las gafas, su testamento y los documentos en los que estaba trabajan­do antes de morir, se habían perdido cuando, de hecho, estaban en posesión de la familia de su hermana. Se contaron historias contra­dictorias relativas a su estado de salud, con el Vaticano tratando de transmitir una imagen exagerada de un hombre enfermo, físicamen­te incapaz de soportar las tensiones del papado. En ese sentido, se in­sinuó que sufría algunas dolencias relacionadas con su exagerada afición al tabaco, cuando la verdad es que Juan Pablo I no sñólo no era fumador, sino que detestaba el tabaco. El cuerpo del papa fue embalsamado al día si­guiente de su muerte, pero no se le realizó autopsia alguna. Si el Va­ticano hubiese estado sujeto a la legislación italiana, esta omisión la habría violado. Sin embargo, el Vaticano insistió en que sus estatutos prohibían que a un pontífice se le practicase la autopsia. (Más tarde, este extremo también se reveló incorrecto. En 1830 se practicó la au­topsia a los restos mortales del papa Pío VIII, lo que reveló las prue­bas de un posible complot para envenenarlo.)

Como la campaña de desinformación lanzada por el Vaticano fue refutada en todos los casos, los rumores se tornaron más extravagan­tes. La muerte de un prelado de visita en el Vaticano durante una au­diencia con el papa, pocos días antes de la muerte del propio Juan Pa­blo I, fue atribuida a un «café envenenado» cuyo destinatario era el pontífice. Tampoco esto pudo ser demostrado.

 

Conclusión

Si la conspiración realmente existió, su supuesto plan funcionó a la perfección al menos a un nivel. Juan Pablo I fue reemplazado por un representante de la línea dura de la Iglesia, Juan Pablo II, aunque nada pudo mantener tapado el escándalo que sacudió al Banco Vati­cano, que en 1982 se derrumbó después de que el cuerpo de Roberto Calvi fuese encontrado colgado del puente Blackfriars, en Londres. Una muerrte más que viene a confirmar las sospechas de que se jugaba con órdagos.

Calvi era el director del elitista Banco Ambrosiano, en aquel momen­to la institución financiera privada más importante de Italia. Cuando un forense británico dictaminó que la muerte de Calvi había sido un suicidio, a pesar de que la víctima había sido sobrecargada con cua­renta y ocho kilos de piedras y ladrillos y tenía las manos atadas a la espalda, la familia Calvi exigió que se le practicase una segunda au­topsia, lo que destapó la caja de Pandora de la corrupción política y financiera.

Siendo absolutamente objetivos, y para que no se nos acusa de realizar acusaciones sin pruebas, tenemos que reconocer que NUNCA se ha demostrado que la muerte de Luciani no fuese natural, y así lo constatamos, dejando este caso en el apartado de dudosos. La acumulación de indicios nos hace pensar, no obstante, y a nivel personal, que se trata de una conspiración veraz y que el papa Juan Pablo I fue asesinado.

 

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El asesinato de Stalin. ¿Realidad o invención?

Cadáver de Stalin

Cadáver de Stalin

Iosif Stalin (nacido en Georgia como  Iosif Vissarionovich Dzhugashvili) había hechos méritos de sobra a lo largo de su vida para ser víctima de un asesinato, un procedimiento que conocía muy bien ya que lo había empleado infinidad de veces  para mantener su puño de hierro sobre el pueblo de la URSS; el número de víctimas provocado por sus cua­renta años de tiranía se cuenta por decenas de millones, sin contar a los que simplemente “hizo morir”, en vez de matar, como distinguía a veces el régimen.

Como consecuencia de las purgas políticas impuestas por Stalin, más de un millón de personas fueron fusiladas en los períodos 1935­1938, 1942 y 1945-1950; otros tantos millones fueron trasladados a los campos de trabajo del Gulag. Cuando, en la década de 1920, fra­casó su programa de granjas colectivas, Stalin culpó de ese fracaso a los kulaks (los campesinos ricos), quienes se resistían a la colectiviza­ción. Por lo tanto, aquellos definidos como kulaks, ayudantes de los kulaks, y más tarde ex kulaks tenían que ser fusilados, enviados al Gulag o deportados a regiones remotas del país. De esta paranoia homicida no se salvaron siquiera los soldados que combatían en la

segunda guerra mundial. La orden n.° 227 de Stalin, emitida el 27 de julio de 1942, fue un ejemplo de su absoluta crueldad: todos aque­llos que se retirasen o abandonasen sus posiciones sin haber recibi­do órdenes para hacerlo debían ser fusilados de forma sumaria. En la batalla, las tropas de vanguardia eran seguidas por unidades de stnersh (escuadrones de combate del Comisariado Popular para Asuntos de Interior, encargados de eliminar a «traidores, deserto­res, espías y elementos criminales») que ametrallaban a todo aquel que se volvía atrás. Incluso los antiguos camaradas revolucionarios de Stalin fueron objeto de arrestos y ejecuciones, y con la muerte de León Trotski en agosto de 1940, Stalin eliminó al último de sus viejos rivales.

Qué pasó

Al principio no había nada que fuese particularmente inusual en la noche del 28 de febrero de 1953 para Stalin y sus camaradas políti­cos más cercanos: Laurenti Beria, Nikita Jrushov, Nikolai Bulganin y Georgi Malenkov. Estos hombres —verdaderos gobernantes de la enorme extensión de la URSS— asistieron a la proyección de una pe­lícula en el Kremlin y luego se retiraron a la casa de campo de Stalin, a diez minutos de Moscú, para una noche de juerga.

La rutina habitual sólo se vio alterada cuando, a primera hora de la mañana, Stalin, alguien normalmente obsesionado con la seguri­dad, despidió a los guardias y ordenó que no le molestasen. La orden fue transmitida por el jefe de la guardia, un hombre llamado Khrus­talev. Al mediodía, como Stalin no salía de sus habitaciones, la preo­cupación comenzó a extenderse entre quienes estaban en la casa, pero nadie se atrevía a entrar en sus aposentos privados. Finalmente, un guardia llamado Lozgachev fue enviado a ver qué ocurría. El guardia regresó e informó que había encontrado a Stalin inconscien­te sobre su propia orina. Los guardias se apresuraron a llamar a Be­ria, Jrushov, Bulganin, y Malenkov al Politburó, pero tanto ellos como la ayuda médica fueron sorprendentemente lentos en acudir a la dacha, como si supiesen que cualquier ayuda sería inútil o bien por que no tenían ningún deseo de ayudarlo.

Las teorías de la conspiración

Las memorias políticas del ministro de Asuntos Exteriores de Stalin, Vyacheslav Molotov, publicadas en 1993, afirman que Beria se había jactado ante Molotov de haber envenenado a Stalin, y en 2003, un grupo de historiadores estadounidenses y soviéticos anunciaron su conclusión de que aquella noche Stalin había ingerido warfarina, un potente raticida que diluye la sangre y provoca hemorragias y pará­lisis. Al ser insípida, la warfarina es un arma homicida ideal. Otras historias sostienen que a Stalin le había inyectado veneno el guardia Khrustalev, siguiendo órdenes de su superior, el jefe de seguridad de Stalin y del terrible NKVD (más tarde KGB), Laurenti Beria.

Pero ¿por qué querría Beria matar a Stalin? Una de las teorías afirma que Stalin fue asesinado porque Beria, Jrushov, Bulganin y Malenkov creían que Stalin estaba a punto de desatar una guerra nu­clear total contra Occidente. Stalin estaba convencido de que la URSS tenía mucho menos que perder que los prósperos Estados Unidos en el caso de una guerra nuclear. Asimismo, estaba a punto de iniciar una nueva oleada de purgas, en esta ocasión dirigida especialmente contra los médicos y otros profesionales judíos, como una primera provocación contra Estados Unidos.

Beria, como jefe de la policía se­creta, tenía supuestamente órdenes reservadas de iniciar las depor­taciones de judíos desde Moscú el 5 de marzo de 1953. Los conspira­dores, conscientes de que nadie podría sobrevivir a una guerra nuclear, decidieron actuar.

 

Conclusión

Aunque en general se acepta el hecho de que Beria desempeñó un papel fundamental en la planificación de la muerte de Stalin, retirando a sus guardias de seguridad, esta acción no le ayudó a alcanzar su objetivo úl­timo: reemplazar él mismo a Stalin. En los tres meses posteriores a la muerte de Stalin, se desarrolló una feroz lucha de poder entre Beria y Jrushov que acabó con la victoria de este último, quien asumió el poder en junio. Beria, mientras tanto, que debía hacerse cargo de la inestabili­dad que provocaban los anticomunistas en Alemania Oriental como jefe del KGB, fue acusado de traidor y de «trabajar para los británicos», arres­tado y ejecutado, convirtiéndose así Jrushov en el único sucesor de Stalin.

El pueblo soviético se enteró de la muerte de Stalin el 5 de marzo, cuando se anunció oficialmente que había muerto serenamente en su cama a las 9.50 horas. La gran mayoría lo veía como el «Tío José», el líder infalible y el vencedor en la guerra contra Hitler, y la gente se sumió en un dolor histérico. Millones de soviéticos acudieron a ver su cuerpo mientras estuvo exhibido en el Salón de las Columnas, a pocas manzanas de la plaza Roja, y aparentemente centenares de personas murieron aplastadas en el tumulto.

Parece demostrable que Stalin fue asesinado, peor las razones que se aducen y los culpables que se señalan son totalmente endebles. La razón última, como siempre, pudo estar en cualquier menudencia personal y no en razones de alta política.

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El asesinato de Olof Palme. ¿Conspiración o delincuencia común?

Olof Palme

El asesinato del primer ministro sueco, Sven Olof Joachim Palme, y las heridas recibidas por su esposa Lisbet durante el atentado, pusie­ron un terrible fin a la creencia generalizada de que Suecia era un país tan civilizado y ordenado que sus autoridades podían pasear tranquilamente por las calles de la capital sin necesidad de llevar guardaespaldas. Antes del asesinato de Olof Palme en 1986, la muerte más reciente de un jefe de Estado había sido el asesinato del rey Gusta­vo III en 1792.

Olof Palme, quien se había educado principalmente en Estados Unidos, era socialista declarado y una figura dominante de la políti­ca sueca. El 28 de febrero de 1986, poco antes de la medianoche, Pal­me regresaba caminando a su casa, en compañía de su esposa Lisbet, por la calle principal de Estocolmo, Sveaváge, después de haber asis­tido al cine. La pareja fue atacada por un pistolero solitario, quien efectuó dos disparos con un revólver Magnum 357. La primera bala mató a Palme y la segunda dejó herida a Lisbet; el asesino escapó a pie. Christer Pettersson, un ladrón de poca monta y alcohólico, fue arrestado en diciembre de 1988, juzgado y condenado por el asesina­to de Palme, pero más tarde apeló y fue absuelto. A finales de la dé­cada de 1990, después de que aparecieran nuevas pruebas en su con­tra, el fiscal general Klas Bergenstrand solicitó que se realizara un nuevo juicio, pero en mayo de 1998 la Corte Suprema de Suecia re­chazó la demanda. Aunque la policía nunca encontró el arma homi­cida, Pettersson fue señalado en una rueda de reconocimiento por Lisbet Palme, pero la corte de apelaciones puso en duda su testimo­nio. Pettersson incluso recibió cincuenta mil dólares como compen­sación por el tiempo que había pasado en prisión.

A pesar de haber sido declarado inocente, el inestable Pettersson confesó haber dispa­rado a Palme durante una entrevista concedida al escritor sueco Gert Fylking, en 2001: «Por supuesto que fui yo quien le disparó, pero nunca podrán cogerme por ello. El arma desapareció». Más tarde se retractó de estas palabras y dijo que nunca había estado implicado en el asesinato de Palme. Una vasta caza del hombre, una recompensa de 8,6 millones de dólares y más de catorce mil pistas no han conse­guido dar con otro sospechoso.

Teorías de la conspiración

El asesinato de Olof Palme permanece sin resolver, pero ha generado toda una serie de teorías de la conspiración que culpan a medio mundo, desde militantes kurdos hasta agentes de derechas de la po­licía sueca. La dificultad reside en el hecho de que Palme estaba tan decididamente no alineado que resulta complicado aislar a un único enemigo político.

Olof Palme era una figura política muy controvertida y con opinio­nes muy arraigadas. Criticó a Estados Unidos por su intervención en la guerra de Vietnam y su política en América Central, y a la Unión Soviética por la invasión de Afganistán; luchó contra la proliferación nuclear y condenó abiertamente la política del apartheid practicada por el gobierno de Sudáfrica.

Las mayores sospechas han recaído siempre en el gobierno pre­apartheid sudafricano, y el reciente testimonio de ex agentes de la policía secreta de aquel país ante la Comisión de la Verdad y la Re­conciliación parece añadir credibilidad a estas sospechas. Dirk Coetzee, supuestamente un oficial de alto rango de la unidad de homicidios de la policía, afirmó que el asesinato de Palme fue parte de una operación, llamada «Long Reach» (Largo alcance), llevada a cabo por una unidad de la policía secreta sudafricana dirigida por Craig Williamson. Éste reconoció que estuvo implicado en otros tres asesinatos, pero niega cualquier participación en el de Palme. Según la agencia de noticias sueca TT, ochenta o noventa agentes sudafricanos participaron en la planificación del asesinato y se llevó a cabo con la connivencia tácita de la CÍA, mientras la adminis­tración Reagan y el gobierno de Margaret Thatcher harían la vista gorda.

 

Conclusión:

A falta de pruebas concluyentes, Petersson carecía de móviles para el crimen. Por nuestra parte, aunque no podamos determinar si son creíbles las líneas que conducen a los servicios secretos surafricanos, nos inclinamos a pensar que se trató de una conspiración aún no ha aclarada. La muerte de un político enfrentado a la vez con tantos y tan poderosos países no parece probable que sea casual. Sin embargo, tampoco se puede asegurar declaradamente otra cosa.

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El asesinato de Toro Sentado. Un caso de limpieza étnica

El jefe indio Toro Sentado («Tatanka-Lyotanka»),

El jefe indio Toro Sentado nació en Grand Silver, Dakota del Sur en 1831 y falleció en 1890, en la reserva india de Standing Rock, Dakota del Sur.

Se trata de un caso de miedo al prestigio, y este jefe indio tenía un gran predicamento entre los suyos, pro lo que las autoridades norteamericanas lo seguían considerando una amenaza.

Toro Sentado («Tatanka-Lyotanka»), jefe y hechicero de la tri­bu lakota, era considerado generalmente como el último represen­tante de los sioux en rendirse al gobierno de Estados Unidos y, como tal, los blancos lo miraban con profunda desconfianza.

Aunque Toro Sentado fue una figura legendaria en la batalla de los nativos Ameri­canos contra la expansión de los blancos hacia el Oeste de Estados Unidos, no participó en la resistencia hasta los últimos momentos de la lucha. Después de que la fiebre del oro de 1868 en las montañas Negras rompiese el Tratado de Fort Laramie, que estaba destinado a proteger las tierras de los indios, Toro Sentado tuvo su famosa visión mística que anticipó la terrible derrota del de Caballería del ge­neral George Armstrong Custer ante los lakota.

Aunque victoriosos ante Custer, Toro Sentado y su pueblo no pudieron resistir la inva­sión de colonos blancos y, en el duro invierno de 1881, finalmente rindieron sus armas al ejército de Estados Unidos.

El jefe indio pasó dos años en prisión antes de ser trasladado a la reserva de Standing Rock, aunque en 1885 las autoridades le permitieron realizar una gira por Europa, participando del espectáculo del salvaje Oeste de Búfalo Bill. En este sentido hubo un gran debate entre los indios, pues mientras unos lo consideraban indigno para su pueblo, otros pensaban que era una oportunidad ùnica para hacer conocer a otros pueblos su existencia y su problemática.

El rápido aumento (y la enorme popularidad) del culto de la dan­za fantasma entre los nativos norteamericanos en 1890 asustó a las autoridades estadounidenses —pensaban que esa ceremonia conse­guiría vaciar la tierra de habitantes blancos y restauraría la forma de vida india—, y los agentes a cargo de los indios llamaron a la caballe­ría.

Temían que Toro Sentado se uniera a los seguidores de la danza fantasma y por eso cuarenta y tres policías de Lakota irrumpieron, antes del amanecer del 15 de diciembre de 1890, en su cabaña de Standing Rock y le arrastraron fuera de ella. Sus seguidores se reu­nieron en torno a él para tratar de protegerlo pero, en el tiroteo que siguió a estos hechos, uno de los policías de Lakota atravesó la cabe­za de Toro Sentado con una bala.

Según parece, la mueret de Toro Sentado estaba ya decidida desde un principio, y por eso eligieron ese modo de detenerlo, en su propia reserva y entre su propia gente, seguros de que se organizarían un tumulto en el que fuese posible acabar con su vida sin la publicidad posterior de un juicio en el que, por otra parte, no había muchas garantías de que resultase condenado.

 

Conclusión:

Los pocos documentos que hay de la época no permiten afirmar de una manera concluyente que alguien decidiese su muerte, pero los periódicos del momento abundan en artículos pidiendo la decapitación de cualquier movimiento indio de resistencia que entorpeciese la conquista y explotación del Oeste y sus enormes recursos naturales. Cabe recordar que en aquella época se consideraba retrasados mentales a los indios y, según terminología del momento “gente sin derecho a vivir”.

A nosotros no nos cabe duda de que fue un asesinato político, con graves tintes racistas y de limpieza étnica y cultural.

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El asesinato de Mahatma Gandhi. ¿Una conspiración?

Mohandas Karamchand Gandhi

Resulta una tremenda  ironía  que el más famoso y efi­caz defensor del cambio político no violento en el siglo xx —y tal vez de toda la historia de la humanidad— cayese abatido por las balas de un asesino. O quizás no tan irónico, sino perfectamente comprensible conociendo la naturaleza humana.

Desde su asesinato a manos de un fanático indio en 1948, Mohan­das Karamchand Gandhi ha sido elevado a una especie de santidad. Su modelo de satyagraha, de protesta no violenta, a través de una tác­tica que incluía la resistencia pasiva y la huelga de hambre, consi­guió poner fin a la dominación colonial británica en la India, consi­derada alguna vez como la «joya de la corona» del Imperio británico. Gandhi inspiró movimientos de protesta en todo el mundo y tam­bién a generaciones de activistas democráticos y antirracistas, inclu­yendo a Martin Luther King y Nelson Mándela.

Descendiente de una familia burguesa co­merciante, Ghandi entró en la Universidad de Londres a los diecinueve años para estudiar Derecho. Después de ser admitido en el cuerpo de abogados británico, una firma india lo envió a Sudáfri­ca, donde protestó por la discriminación legal y racial que sufrían los indios en ese país; fue arrestado cuando encabezaba una marcha de mineros indios.

Durante la primera guerra mundial, Gandhi regresó a la India, donde se unió al Congreso Nacional Indio y al movimiento por la in­dependencia. En las décadas de 1920 y 1930 atrajo la atención del mundo por su uso del ayuno y la desobediencia civil como formas de protesta, y por su participación en incidentes como la Marcha Dandi de 1930, cuando dirigió a miles de indios hasta el mar para que reco­giesen su propia sal en lugar de pagar el impuesto británico a ese condimento.

Sobre el impuesto de la sal habría mucho que hablar, pero en resumen se trata de prohibir a los indios que recojan o extraigan su propia sal para poder cobrarla a precios realmente abusivos y recaudar así un impuesto del que nadie podría librarse. Por ello, el hecho de extraer sal del mar io de cualquier yacimiento era considerado un delito gravísimo de contrabando y evasión de impuestos, lo que dejaba a lso más humildes expuestos a toda clase de enfermedades.

Una vez acabada la segunda guerra mundial, y después de la retirada británica de la India, Gandhi respondió a los sangrien­tos enfrentamientos entre indios y musulmanes amenazando con iniciar una huelga de hambre total a menos que cesase la violencia. Gandhi se oponía de forma terminante a cualquier plan que contem­plase la separación de la India en dos países. Sin embargo, el plan fue adoptado finalmente y se crearon una India seglar, pero de mayoría hindú, y un Pakistán islámico. El día de la transmisión de poderes, Gandhi no lo celebró, sino que lo vivió como un duelo.

La teoría de la conspiración sobre su muerte

La división de la India también sería responsable, indirectamente, de la muerte de Gandhi, ya que tanto su asesino, Nathu Ram Godse, como Madan Lal, quien había intentado matar a Gandhi con una bomba diez días antes, pertenecían al mismo grupo indio de dere­chas y clase alta que se oponía violentamente a la entrega de un Esta­do separado a los musulmanes y que, irracionalmente, culpaba de ello al propio Gandhi. De hecho, más que culparlo pro promover este desmán, lo culpaban por no haber hecho nada efectivo para evitarlo, lo que desde su punto de vista lo hacía responsable de la división por haberla consentido.

La bomba de Lal estalló en Birla House, en Nueva Delhi, donde Gandhi estaba presidiendo una reunión para orar, pero éste no se enteró de la explosión; Madan Lal fracasó en su intento de asesinato. Godse, el otro conspirador, acudió a otra de las reuniones convo­cadas por Gandhi para orar en la tarde del 30 de enero. Después de haber saludado al Mahatma, Godse extrajo una pistola semiauto­mática de entre sus ropas y, delante de cientos de testigos, disparó tres veces. Gandhi se desplomó inmediatamente pronunciando las palabras He Rama («Oh, Dios»). Godse fue juzgado, condenado y eje­cutado.

Conclusión:

Se trata efectivamente de una conspiración, pero no hay prueba alguna de participación exterior en este atentado. De hecho, no había particular interés para ello, desde nuestro punto de vista, ni en soviéticos ni en americanos. Los únicos posibles sospechosos serían los británicos y por simple venganza, pero no  hay prueba alguna de ello, ni indicios siquiera.

Se trata, pues, de una conjura política interior.

 

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El asesinato de Patrice Lumumba, o cómo destruir un país matando a un hombre

PATRICE LUMUMBA Nacido en 1925, Onalua, Congo belga Fallecido en 1961, Jadotville, provincia de Katanga. Era primer ministro de la República Democrática del Congo

Se trata de uno de estos casos realmente asquerosos en los que las sospechas recayeron sobre los interesados en mantener al país bajo control apartando del poder cualquier intento de modernización que pudiese estorbar los intereses de las compañías occidentales.

El 17 de enero de 1961, Patrice Emery Lumumba, el primer y único primer ministro elegido democráticamente en el Congo, fue asesinado seis meses des­pués de haber asumido su cargo.

Hábil negociador y hombra carismático, Lumumba había sido uno de los fundadores del Movimiento Nacional Congoleño, el MNC, y había sido elegido primer ministro del Congo después de las elecciones ce­lebradas en junio de 1960. En principio se esperaba de él que siguiese los dictados de las potencia occidentales, pero al comprobaerse que esto no iba a ser tan fácil sobrevino el asesinato, o esa es la teoría conspirativa más habitual.

Una vez acabada la segunda guerra mundial, las potencias europeas no estaban dispuestas a re­nunciar tan fácilmente a sus colonias. Durante la celebración del Día de la Independencia, el 30 de junio, Lumumba pronunció un discur­so denunciando las atrocidades cometidas por los belgas en el país. La colonización belga del Congo es posiblemente una de las más crueles, explotadoras y sanguinarias que se han ejercido a lo largo de los siglos, superando por mucha diferencia a cualquier atrocidad que hayan podido cometer españoles, franceses, o incluso británico. Sólo los holandeses pueden competir en este aspecto con los belgas. Recomendamos encarecidamente al lector que se informe un poco sobre lo que fue la terrible y casi desconocida colonización belga de El Congo.

Desde el momento en que se pronunció este discurso, Bélgica, incitada y apoyada por la CÍA —que temía que Lumumba virase hacia el comunismo—, hizo todo lo posi­ble para socavar su poder. A los pocos días el ejército se sublevó. La provincia de Katanga, en el sur del país, rica en yacimientos minera­les, se declaró independiente bajo Moishe Tsombe, un antiguo ene­migo de Lumumba, con la colaboración de las compañías mineras belgas, que pagaron mercenarios para apoyar esta insurrección.

Sin el cobre, el oro y el uranio de Katanga, la economía del Congo estaba arrumada. Finalmente, Lumumba fue arrestado des­pués de un golpe de Estado encabezado por el coronel Joseph Mobu­tu, nuevamente con la inapreciable ayuda de la CÍA. De lo que fue Mobutu sabemos ya de sobra como para entrar en detalles.

Lumumba fue trasladado de prisión en prisión y tratado brutalmente ante las cá­maras de televisión. Se convirtió en una causa célebre en el mundo y la URSS exigió su liberación en las Naciones Unidas, pero la CÍA de­cidió acabar con aquella situación embarazosa. Lumumba y sus compañeros detenidos, Maurice Mpolo y Joseph Okito, fueron fusi­lados por un pelotón de soldados katangueses en presencia de Tsombe.

Conclusión:

Aunque algunos afirman que la participación occidental en el asunto fue menor, y que se trató de una más de las cien mil guerras civiles africanas entre distintos grupos de poder, tribales, económicos, etc., nos parece demostrado que esta conspiración existió realmente y que efectivamente el derrocamiento y muerte de Lumumba fue instigado por una conspiración exterior.

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El inquietante ataque con ántrax del año 2001

Un de las cartas

Corría el año 2001 y después de los atentados de las torres gemelas, la neurosis colectiva no había sido aún suficientemente explotada por el gobierno norteamericano, así que alguien decidió dar una vuelta más de tuerca para disolver las dudas de los últimos reticentes. Esta conspiración, como la anterior, no pertenece al campo de las conjeturas, sino que fue posteriormente comprobada por una investigación oficial. Pasamos a detallarla con la ayuda de la Wikipedia y otras fuentes:

Los ataques con ántrax en 2001 en los Estados Unidos, también conocidos como Amerithrax por el nombre dado al caso por el FBI, ocurrieron en el curso de varias semanas comenzando el 18 de septiembre de 2001.  Las cartas que contenían esporas de ántrax (conocido también en España como carbunco) fueron enviadas a varias oficinas de medios de información (ABC News, CBS News, NBC News, New York Post y National Enquirer) y a dos senadores demócratas de los Estados Unidos (Tom Daschle y Patrick Leahy), en Nueva York, Boca Raton y Washington, D.C.. El resultado fue un total de 22 personas infectadas, de las cuales murieron 5.  El crimen aún no ha sido resuelto.

En agosto de 2008 Un juez federal estadounidense levantó el secreto sumarial de documentos relacionados con la investigación de los ataques.

Ivins, un reputado científico que trabajó durante 18 años en el desarrollo de vacunas contra el ántrax en el laboratorio militar del ejército de Fort Detrick, en el estado de Maryland, falleció la semana pasada a raíz de una sobredosis de varios analgésicos.

El biólogo estaba siendo investigado desde hace más de un año y había recibido la notificación de que el Departamento de Justicia estaba a punto de iniciar una investigación contra él por asesinato.

Los ataques con ántrax tuvieron lugar en dos olas.

La primera serie de cartas con ántrax tenía un sello postal de Trenton (Nueva Jersey) fechado el 18 de septiembre de 2001, exactamente una semana después de los Atentados del 11 de septiembre de 2001. Se cree que cinco cartas habían sido enviadas, hasta ese momento, a ABC News, CBS News, NBC News y el New York Post, todos localizados en Nueva York; y al National Enquirer de la editorial American Media, Inc. (AMI) en Boca Ratón (Florida).1 Robert Stevens, la primera persona que murió por estos correos, trabajaba en un tabloide llamado Sun, también publicado por AMI. Solamente se encontraron las cartas del New York Post y de NBC News; la existencia de las otras tres cartas se infiere por personas en ABC, CBS y AMI que fueron infectadas con ántrax. Los científicos que examinaron el ántrax de la carta del New York Post dijeron que parecía un material marrón granular y áspero, parecido a la comida para perros.

Otras dos cartas con ántrax, con el mismo sello postal de Trenton, estaban fechadas 9 de octubre, tres semanas después del primer envío. Las cartas estaban dirigidas a dos senadores demócratas: Tom Daschle de Dakota del Sur y Patrick Leahy de Vermont. En ese entonces, Daschle era el líder de la mayoría del Senado y Leahy era el Presidente del Comité judicial del Senado. Ambos eran identificados en los medios de comunicación masiva, por presentar reservas a la Ley Patriótica propuesta debido a la preocupación de que algunas partes de ella pudieran violar las libertades civiles. La carta dirigida a Daschle fue abierta por un ayudante el 15 de octubre y el servicio postal del gobierno fue cerrado. La carta de Leahy aún sin abrir fue descubierta en un maletín de correo el 16 de noviembre. La carta de Leahy había sido mal dirigida al anexo postal del Departamento de Estado en Sterling (Virginia) debido a un código postal mal leído; un trabajador postal allí, David Hose, se infectó con el ántrax al inhalarlo.

Más potente que las primeras cartas con ántrax, el material en las cartas del Senado era un polvo seco altamente refinado que consistía en alrededor de un gramo de esporas casi puras. Barbara Hatch Rosenberg, una bióloga molecular e investigadora en la Universidad del Estado de Nueva York, describió el material como ántrax “armado” o “con grado de arma” durante una entrevista en 2002. Sin embargo, en 2006, el Washington Post informó que el FBI no cree ya que el ántrax hubiera sido convertido en arma.

Al menos 22 personas desarrollaron infecciones por el ántrax, once de ellas por la variedad de inhalación que es potencialmente letal. Cinco murieron por inhalación de ántarx: Stevens; dos empleados de la instalación postal de Brentwood en Washington, D.C., Thomas Morris Jr. Y Joseph Curseen; y otros dos cuya fuente de exposición a la bacteria es todavía desconocida: Kathy Nguyen, una inmigrante vietnamita residente en el distrito del Bronx que trabajaba en Nueva York, y Ottilie Lundgren, una viuda de 94 años de edad de Oxford, Connecticut, quien fue la última víctima conocida.

Los ataques con ántrax de 2001 han sido comparados a los ataques de Theodore Kaczynski, también conocido como

, que tuvieron lugar de 1978 a 1995.
Se cree que las cartas con ántrax fueron enviadas desde Princeton (Nueva Jersey). En agosto de 2002, los investigadores encontraron esporas de ántrax en un buzón de correo en una calle Nassau cerca al campus de la Universidad de Princeton. Alrededor de 600 buzones postales que podían haber sido usadas para enviar las cartas fueron examinados para buscar restos de ántrax. El buzón de la calle Nassau fue el único en dar positivo.

USAMRIID de Fort Detrick, ha sido el principal consultor del FBI en los aspectos científicos de los Ataques con ántrax en 2001, los cuales infectaron a 22 personas y asesinaron a 5.7 Aún cuando fueron los asesores científicos de la investigación, muy pronto se convertirían en los posibles culpables para el FBI (vea Steven Hatfill). En Julio de 2008, Bruce Ivins,un investigador estrella en biodefensa del USAMRIID se suicidó justo antes de que el FBI lo encausara por los atentados. El científico había sido notificado de procesamiento judicial. La identificación de Ivins por el FBI en Agosto de 2008 como el perpetrador de los ataques de Anthrax sigue siendo controvertida, ya que su aceptación incluye al gobierno en la culpabilidad. Sin embargo las preparaciones de anthrax usadas en los ataques son de diferentes grados, todo el material deriva de la misma cepa conocida como Cepa Ames, la cual fue desarrollada por USAMRIID. La cepa Ames fue distribuida en 15 laboratorios de guerra biológica en Estados Unidos y al menos 6 fuera de Estados Unidos. En Agosto de 2008, Estados Unidos declaró oficialmente culpable de los ataques de Anthrax del 2001 a Bruce Ivins, empleado de Fort Detrick.

 

CONCLUSIÓN:

El material utilizado procedía de fuentes gubernamentales, pero es imposible concluir racionalmente que el Gobierno o alguno de sus departamentos estuviese involucrado en este acto, que pudo ser perfectamente planeado y ejecutado pro un individuo con tendencias criminales por sus propias razones. No se ha demostrado vinculación alguna entre los hechos y una acción secreta gubernamental parafavorecer entre la opinión pública una respuesta violenta en la lucha contra el terrorismo que acababa de empezar. Todo lo que se afirme en ese sentido son únicamente dudas y desconfianzas, razonables, pero sin fundamento probado.

Los hechos existieron efectivamente y son parte efectiva de una conspiración delictiva, pero ni siquiera se logró demostrar judicialmente la culpabilidad del sospechoso.

Es en este punto, tratándose de un crimen sin resolver, cuando hay que dejar espacio para las distintas tesis que conduzcan en algún momento a la resolución del caso.

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